El principio del fracaso
- Bernabé Martínez Cobo
- 24 jul
- 5 min de lectura
Actualizado: 2 ago

La falsa unidad y la falsa crítica
Algunas personas atraídas por el ideal de la libertad política colectiva terminan abrazando dos propuestas que se presentan como vías de renovación: tratar de unir proyectos políticos sustentados en principios incompatibles y convertir en objetivo la crítica de la teoría que fundamenta ese ideal antes de haber demostrado siquiera su insuficiencia. Este artículo sostiene que ambas parten de un mismo error y que quien las asume puede creer que fortalece la causa que pretende defender cuando, en realidad, ya ha comenzado a apartarse del camino que le da sentido.
Los movimientos políticos empiezan a perder cuando abandonan el fin que justifica su existencia.
La falsa unidad
No toda unidad fortalece. También existe una unidad que desfigura.
Cada cierto tiempo se escuchan las llamadas a reunir al mayor número posible de personas para procurar el cambio de una situación política. Pero la unidad solo tiene valor cuando existe unidad de principios, de teoría y de objetivo. Todo lo demás es simple agregación.
Antonio García-Trevijano lo advirtió en su artículo Mito de la unidad (2007): «Lo cuestionable no es el modo de conseguir la unidad, sino la unidad misma en tanto que bien político deseable». El fin nunca fue la unidad, sino la libertad política colectiva y la república constitucional.
No debe confundirse la unidad de quienes comparten un mismo proyecto con la mezcla de corrientes que persiguen fines distintos o incompatibles. La primera fortalece; la segunda confunde.
El compromiso con unos principios comunes no exige uniformidad en las estrategias ni en las formas de actuación. Un movimiento político puede y debe adaptarse a las circunstancias, debatir sus métodos y explorar distintas iniciativas, siempre que esa flexibilidad permanezca subordinada al mismo fundamento teórico y al mismo fin político. Lo que no puede hacer es sacrificar aquello que le da identidad en nombre de una aparente renovación o de una unidad sin contenido.
Por eso resulta contradictorio denunciar el cainismo mientras se promueven espacios comunes entre proyectos incompatibles con la libertad política colectiva. El problema no son las diferencias personales, sino diluir los principios y el objetivo político para mantener una apariencia de unidad.
Trevijano fue aún más contundente: «Sería inconcebible que para llegar a esa unión, el MCRC tuviera que transigir sobre los principios y valores que dan carácter científico a la única fórmula constitucional que garantiza la democracia y la libertad política».
Quien quiera formar parte de ese proyecto deberá asumir esos principios, no negociarlos.
La pregunta que formuló sigue vigente: «¿Cómo esperar, con ingenua inexperiencia de lo otro, que otras formaciones con ideas políticas diferentes, cuando no contrarias, renuncien a las diferencias que les dan significado distintivo y existencia vital?». No renunciarán. La consecuencia no será la unidad, sino la confusión.
Y la confusión no es inocente. Cuando se difuminan las fronteras entre proyectos políticos, también se difumina el objetivo que los distinguía. Lo que parecía fortalecer el movimiento, lo desarma.
Los movimientos no desaparecen por ser pequeños. Desaparecen cuando dejan de saber quiénes son.
La falsa crítica
También existe una falsa crítica: aquella que convierte en objetivo la superación de la teoría que da fundamento a un movimiento político antes de haber demostrado siquiera que esa teoría deba ser superada.
Toda teoría debe permanecer abierta al examen racional. Si la realidad demuestra que es errónea o insuficiente, habrá que corregirla. Pero el orden lógico no puede invertirse.
Ningún buen científico investiga para superar a otro. Investiga para comprender mejor la realidad. Si demuestra que otro se equivocó, esa superación será una consecuencia, nunca el propósito.
Lo mismo ocurre en política. Si el fin sigue siendo la libertad política colectiva, el estudio y la crítica solo tienen sentido como instrumentos para alcanzarla. Pero cuando la crítica de la teoría que sostiene ese fin se convierte en un programa por sí misma, el movimiento deja de orientar sus esfuerzos hacia la realización de su objetivo para dirigirlos contra el fundamento intelectual que lo hace posible.
Si una teoría se considera verdadera porque explica adecuadamente los hechos y todavía no se ha demostrado en qué es errónea o insuficiente, no existe razón para convertir su crítica en un objetivo político. La carga de la prueba corresponde a quien sostiene que esa teoría debe ser corregida. Mientras esa demostración no exista, hacer de su crítica un programa no fortalece el movimiento: lo priva del fundamento sobre el que descansa.
Primero debe existir una crítica concreta, rigurosa y fundada en los hechos. Solo después podrá hablarse de corregir o superar una teoría. Pretender lo contrario no es investigar: es invertir el método.
Por eso la pregunta resulta inevitable: si una teoría se considera verdadera y constituye el fundamento de un proyecto político, ¿por qué convertir su crítica en un objetivo antes de haber demostrado qué tiene de errónea o insuficiente? ¿Qué fin político puede perseguir un movimiento que dedica sus esfuerzos a cuestionar las ideas que justifican su propia existencia sin haber demostrado antes la necesidad de hacerlo?
Mientras esa crítica no exista, la superación deja de ser una posible conclusión para convertirse en un objetivo previo. Y cuando la crítica se convierte en un fin, el movimiento deja de trabajar por la realización de su proyecto político para dedicar sus esfuerzos a erosionar, sin fundamento demostrado, las ideas que le dan sentido.
No se trata de atribuir intenciones, sino de señalar una consecuencia lógica. Un movimiento político puede revisar sus fundamentos cuando existan razones para ello; lo que no puede hacer es convertir esa revisión en su programa antes de haber demostrado siquiera que esos fundamentos son insuficientes. Hacer de la crítica un fin sin haber acreditado la necesidad de criticar equivale, en la práctica, a debilitar el propio movimiento y a alejarlo del fin para el que nació.
Conclusión
La falsa unidad y la falsa crítica comparten un mismo error: partir de medios que contradicen el propio fin que dicen perseguir. Cuando el camino elegido es incompatible con el objetivo, el fracaso no comienza al final del recorrido, sino en el mismo punto de partida.
La unidad solo es una virtud cuando reúne a quienes comparten principios, teoría y objetivo. La crítica solo lo es cuando busca la verdad. Fuera de ahí, ambas dejan de esclarecer para empezar a confundir.
La libertad política colectiva no necesita amalgamas ni programas dedicados a superar una teoría antes de haber demostrado su insuficiencia. Necesita personas unidas por unos mismos principios, una misma teoría y un mismo fin, capaces de actuar con flexibilidad, adaptar sus estrategias y emprender iniciativas diversas sin renunciar por ello a la identidad del proyecto que comparten.
Esa confusión tiene, además, una consecuencia especialmente grave. Cuando un movimiento pierde la claridad sobre lo que es y sobre el fin que persigue, deja un espacio que puede ser ocupado por quienes responden a intereses distintos. Unos tratarán de orientar el movimiento hacia otro proyecto político; otros buscarán influencia, protagonismo o liderazgo. No porque la confusión produzca esos intereses, sino porque un movimiento desorientado ofrece el terreno propicio para que fines ajenos al suyo encuentren acomodo.
Porque los movimientos políticos no suelen perderse por falta de inteligencia o de debate. Se pierden cuando olvidan para qué existen.




Gropusculos. La única asociación que existe en España que lucha por la libertad política colectiva es el MCRC no hay nada ni nadie más.