La estrategia diluyente de la confusión y el mito de la unidad
- Pedro Manuel González
- 22 jul
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Actualizado: 2 ago

«¿Debemos los repúblicos procurar la unión de los republicanos y los demócratas para alcanzar la potencia exigida para la apertura de un periodo de libertad constituyente? La respuesta parece obvia y no lo es. Pues sería inconcebible que para llegar a esa unión, el MCRC tuviera que transigir sobre los principios y valores que dan carácter científico a la única fórmula constitucional que garantiza la democracia y la libertad política».
Cada cierto tiempo reaparece el mismo eslogan: la unidad. Sobre todo, cuando quien la pide está en horas bajas. Se presenta como la condición indispensable para cualquier avance político y se culpa de todos los fracasos a la desunión, al cainismo o a las diferencias personales. Es un recurso sentimental que sustituye el análisis de los principios. Sin embargo, la historia demuestra justamente lo contrario. Nunca ha sido la unidad la que ha dado fuerza a una causa política, sino la claridad de esos principios.
La unidad no es causa del éxito de la acción; es, en el mejor de los casos, una consecuencia de la hegemonía de su principal actor. Así ocurrió en las revoluciones más importantes de la historia de la humanidad, como fueron la francesa, la americana y la rusa. Cuando existe una comunidad de ideas, de fines y de método, la unidad aparece de forma natural. Cuando esa comunidad no existe, la unidad es una ficción destinada a ocultar contradicciones que tarde o temprano estallan. En el terreno político las diferencias nunca son personales, son políticas.
Diluir la verdad política y desvirtuar los principios con invocación de la unidad es la estrategia de quienes renuncian al pensamiento para entregarse a la depauperación de las ideas. Pero la aritmética nunca ha sustituido a la coherencia.
Quien convierte la unidad en un fin absoluto termina sacrificando precisamente aquello que dice que pretendía defender. Los principios dejan de ser el criterio de actuación para convertirse en obstáculos que deben limarse en nombre del consenso interno. Así comienza la degeneración de cualquier movimiento político: primero se rebajan las exigencias doctrinales para atraer más personas y finalmente ya no queda más vínculo que la mera existencia de una organización.
Tampoco se fortalece un movimiento multiplicando las siglas que reclaman representar el mismo legado político. Al contrario, se divide su autoridad moral, se dispersan sus esfuerzos y se obliga a quienes observan desde fuera a preguntarse cuál de todas esas organizaciones encarna realmente aquello que dice defender. La acción deja entonces de girar alrededor de los principios para convertirse en una falsificación de las denominaciones y de las estructuras en aras del protagonismo de los suplantadores. La creación de la confusión es paradigmática cuando se denuncia la fragmentación utilizando denominaciones con un peso histórico indiscutible ya extintas para arrogarse su prestigio y alumbrar una estructura distinta, como si se tratara de la continuación de aquellas.
La ironía resulta inevitable. Se invoca la unidad después de favorecer la atomización, después de separarse. Se denuncia el cainismo después de haber multiplicado las causas de la división. Se atribuyen los desacuerdos a los egos personales mientras se consolidan organizaciones nacidas precisamente de decisiones personalísimas. Se apela a la unidad y se congrega en su nombre a quienes son ajenos al objeto de su convocatoria Es imposible sostener simultáneamente ambos discursos sin incurrir en una contradicción insalvable.
Si el poder regimentado quisiera debilitar un movimiento cuya principal fortaleza reside en la coherencia de sus principios y en la unidad natural derivada de ellos, difícilmente imaginaría un procedimiento más eficaz que favorecer grupúsculos que lo desgajen utilizando el narcisismo o la ideología. No es necesario atribuir semejante propósito a nadie para comprender que ese es el efecto objetivo de la atomización. No son los principios los que deben adaptarse a la unidad. Es la unidad la que, si ha de existir, debe ser la consecuencia natural de unos principios compartidos y de una acción política común. Todo lo demás pertenece al terreno de la propaganda. Porque cuando la unidad se convierte en un eslogan para ocultar contradicciones y las verdaderas razones de la separación de quien luego reclama esa unidad, deja de ser una virtud política y pasa a formar parte de uno de los mitos más persistentes de la historia de las organizaciones: el mito de que la suma de las partes puede sustituir a la fuerza de los principios.




Gracias Pedro, una vez más pones las palabras en la llaga. Los oportunistas y egocentristas están ahí, aquí, en todas partes. El todo es mucho más que la suma de las partes.
Siempre un placer aprender con Don Pedro