La época del desvelamiento del poder (II): La política y los Gobiernos de Pedro Sánchez
- Adrian Hidalgo
- 5 ago
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«Power creates an irresistible temptation to make use of it» (Janos Kornai)[i].
Desvelamiento del poder en España.
Es ya tópico en la cultura de los españoles la referencia malograda o escéptica sobre la política. A la mayoría le desagrada adentrarse en tales conversaciones que no pueden más que terminar en la toma de posición por un partido, ya ni siquiera por unos principios o una ideología. El mito de la Transición (1975-1978) arrumba de nuevo y transforma el horizonte de posibilidades de nuestra historia.
El programa 116 de Lágrimas en la Lluvia, emitido el 26 de mayo de 2013, titulado «Mitos de la Transición Española» y presentado por Juan Manuel de Prada, convocó a Antonio García-Trevijano, Dalmacio Negro, Gabriel Albiac y Miguel Ayuso. García-Trevijano formuló una enmienda a la totalidad impugnando la pluralidad por la singularidad: en rigor no existen mitos de la Transición, sino que es «un mito fundador», un solo mito fundador no fundante –que no se corresponde con los hechos—.[ii]
Las consignas fundacionales de la tradición antipolítica del consenso, que posibilitan la posterior servidumbre a los partidos, han construido todo un régimen político de legitimación solvente y de legitimidad difusa. Hay, pues, una parte mítica, de formación mitológica de la historia, que ha vedado la visibilidad del trasfondo político. Llegado el momento inicia el desvelamiento, la postración pública de los hechos que no debía reconocerse, o que fueron convenientemente desconocidos, y que, por su propia vía, se conocen.
Política y mito.
La potencia, previsibilidad y univocidad del Estado se contrapone a los riesgos de la concentración del poder, bien conocidos en la tradición del pensamiento político europeo[iii]. La libertad es su razón, su valor fundante e irrenunciable, cuestión muy relevante, quizá por la secularización dialéctica con la Ecclesia Universalis. El Estado se impone y asegura o previene el conflicto interno, en todos sus grados, a cambio de libertad política[iv].
Existe, pues, una dialéctica entre la objetivación del mando y la obediencia de suyo impersonalizada en el Estado, que se ha transfigurado en «ordenamiento» (jurídico, véase «gobierno de leyes»), y la búsqueda o la excepción de la garantía de la libertad frente al Estado. El poder siempre supera los límites heteroimpuestos, pues su lógica es la de crecer: es su histoire naturelle[v]. No obstante, el hecho del mando de unas personas sobre otras es inmanente, es uno de los tres presupuestos de lo político[vi], y tiende a transfigurarse en la forma más aceptable[vii].
Esta mentalidad –mítica, mitificada o velada– posibilita la construcción de los mitos políticos que siempre están presentes y ostentan fuerza movilizadora[viii], de oposición o de anuencia con la interpretación hegemónica. Su eficacia no depende de su veracidad, sino de la creencia en la actualidad de su significación: tiene «capacidad hic et nunc para producir ciertos efectos, quizá no queridos ni previstos, pero no por eso menos reales». Es «siempre actual»[ix].
La ficción del consenso y la «política de consenso».
El término consenso es un eufemismo empleado para el pacto en que cada parte (en la mayoría de los casos partidos) renuncia a lo que le es consustancial –al menos en potencia– para evitar el conflicto. En términos prácticos, resulta en el reparto del Estado en función de las cuotas de votos de cada partido a cambio de afianzar —puede que temporalmente— esta posición y su renuncia a pretensiones maximalistas. Se conforma «una voluntad hecha común por concesiones mutuas»[x].
Es la forma de la apariencia que adopta el acuerdo, expreso o tácito, de evitar la polemicidad consustancial de la política que implica, en su devenir como actividad, la lucha por el poder[xi]. El consenso «sustituye la política por una ficción»[xii] en la que no existe la disensión de la disputa por y en el poder ni la voluntad de decidir, pues encauza la conflictividad sociopolítica hacia la seguridad del pacto de posiciones, del reparto de poder con pretensiones de estabilidad de los pactantes.
La ficción de la «política de consenso», que inició en la historia de la teoría política con la obra de Jean-Jacques Rousseau, rechaza lo político «al sustituir de derecho o de hecho la representación por la mera delegación y al retrotraer y reducir la existencia política a la cuestión de la legitimidad o continuidad sin solución entre la sociedad y el Estado, que se desprende del consenso. Se quiere suprimir así no sólo la lucha por el poder, sino su forma «civilizada» de lucha por el derecho mediante la discusión pública de las opiniones para establecer la regla común que debe regirlas».[xiii]
El punto de quiebra: 15M, revisión mítica.
La centralidad del consenso en la política española desde mediados de los años 70 se ha mantenido como mito de mitos del denominado régimen del 78. Empero, toda lógica interpretativa puede quebrarse si existe tal impulso político. La crisis de 2008 y cierto descontento creciente con el cuestionamiento de la lógica del bipartidismo desde principios de los 80 favoreció un conato de ruptura interpretativa.
A principios de la década pasada, se extendió un descontento más hondo que radicaba en la indignación. Tenía una potencia más simbólica que institucional, pero podía favorecer un cambio profundo. La retórica del Movimiento 15M —recuérdese: «no nos representan»— rompía con la interpretación mítica de la Transición y la cultura antipolítica del consenso. Implicaba desvelar que la élite política española obra en consonancia interna, más allá de la retórica polarizante que instiga el voto de la mayoría.
Esta ruptura retórica era más anticorrupción, con los grandes escándalos en el Gobierno de España y la Junta de Andalucía, que antisistema. Señalaba que la magnitud evidencia que nunca se produjo el aislamiento de los casos, que los casos no eran «aislados». Desveló que la corrupción es factor de gobierno, replegados en sus sillones con el encanto de los pasillos del poder.
La reformulación del mito de la Transición no se revirtió porque exige una transformación interpretativa que podría arrumbar con la hegemonía de los partidos. Los desvelamientos fueron, pues, en consonancia con la construcción de las nuevas posiciones electorales. El lema no era ya relativo a la representación, sino respecto a la corrupción —esa era la «novedad»— y el control de todo el aparato del Estado —con la mención ya conocida de «las cloacas del Estado»—. No se produjo ni quiebra ni reinterpretación, sino que lo implícito (velado) se hacía —a conveniencia— explícito (desvelado).
Política española ex ante.
La fase iniciada con la ruptura interpretativa del auge de los nuevos partidos después de la crisis de 2008 suponía la quiebra de la política velada del régimen del 78. En los últimos quince años no ha cambiado elemento alguno del sistema, siquiera el consenso que integró a los indignados (en parte por esta misma disposición) y que integrará todo otro partícipante.
El «sanchismo» (2018-) inmediatamente posterior afianzó su participación en el consenso y estabilizó las respuestas partidistas. En su inicio, un hito simbólico de la moción de censura (constructiva, ex art. 113 CE) fue premonitorio: el bolso de Soraya Sáenz de Santamaría en el sillón vacío del escaño en el Congreso de los Diputados que ocupaba el entonces presidente del Gobierno de España, Mariano Rajoy, frente al que se había presentado una moción de censura en esa misma sesión. Éste estuvo ausente durante toda la tarde, quizá de celebración.
Lo que quedaba patente de esta escenificación, pues nada en política es casual, es que el resultado de la práctica de la moción era el negociado con anterioridad entre las élites de los partidos: fallido. Los diputados votan —y votaron— lo que ordenan aquellas, siguen sus órdenes y se someten a su disciplina. Tal sustitución del presidente del Gobierno por el abalorio (dudoso, seguro no era cualquier bolso) mostraba cómo se procede en la toma de decisiones: de antemano, en los despachos y entre élites. No es un debate en las Cámaras de las Cortes Generales (que tampoco, sino en discursos aislados redactados por otros antes o durante). ¿Puede uno despistarse y pulsar el botón que no debiera? Sí, es poco frecuente. También es negociado y escenificado de forma poco decorosa. Puede ocurrir por vicio profesional, entiéndase que las sesiones son largas y el bar colindante.
¿Los gobiernos de Pedro Sánchez Castejón?
¿Qué hay, pues, de la referencia del subtítulo? Recuérdese un episodio poco mentado en los últimos años. Pedro Sánchez Castejón fue confrontado y forzado a dimitir y a entregar su acta de diputado en el Congreso en octubre de 2016[xiv]. De la dinámica propia de la política y la disputa por el poder entre facciones del partido resultó vencido. Perdió su posición y sus apoyos en el partido. Fue expulsado. Con posterioridad retornó y, parece, consiguió consolidarse en la élite del partido. Ahora es jefe prominente, discutido, pero vencedor.
Esta es una de las exigencias de la política: crecer o morir. Y el funcionamiento de los partidos políticos, aun cuando la letra de la ley sea otra (vid. art. 6 CE) y se imponga el imperativo del positivismo jurídico —dura lex sed lex—, ni es ni puede ser «democrático»: dura realitas sed realitas[xv]. La purga de Sánchez no fue una excepción, sino la reafirmación de la norma de la política.
Pareciera que este inició convulso de su notoriedad política inició la fase de desvelamiento del poder en España. Hasta el auge político de los grupúsculos del 15M se había mantenido una retórica comedida respecto de la legitimación del régimen. La ruptura discursiva exigía a los políticos y partidos consolidados con anterioridad adaptarse, de alguna forma. Debían oponerse a la corrupción, en términos genéricos, y hacer promesas próximas a las ínfulas de cambio más extendidas. Además, y lo que es más importante, debía parecer que los viejos partidos no lo eran, sino estructuras consolidadas que se renovarían.
Se inició un punto de no retorno que empieza por escandalizar, sigue por criticarse y termina por aceptarse con resignación por algunos, con hipocresía por otros y con ironía por los restantes. El primer hito fue la conocida pregunta: «¿De quién depende la fiscalía?». «Pues eso».
Ciertos partidos surgieron —y surgirán— con la vocación, al menos con el discurso, de acabar la hegemonía del bipartidismo. Si para ello se precisa aumentar los ingresos de recursos del Estado «para competir», cuando en programas pretéritos se incluía su supresión[xvi], la consecuencia no va más allá de una pequeña incoherencia (excusable, por supuesto). Es vox populi que, como los impuestos, esta temporalidad implica permanencia, purga intrapartido mediante.
Si un partido —cualquiera que sea su denominación— precisa de la participación en el sistema, tiene que adaptarse e integrar como propias las reglas en que se dirime la disputa política. En este caso, no es posible abstraerse de participar en el consenso, disputar el control de los medios (o constituir uno propio), elegir «sus» magistrados (TS y TC) o someterse a las normas formales e informales en cuestión. No es posible excepcionar el sistema electoral, la relación de poderes ni, mucho menos, las regolarità de lo político y la política[xvii].
Alguno ha padecido una dura disputa personal entre la persona (el anónimo) y el personaje (el político), como si de una farsa se tratara. Más allá de lo superficial, la hipocresía rampante de los que señalan y acusan a otros cual proyección de sí mismos muestra que el convencimiento de unos ideales se supera con el surgimiento de unos intereses. Esta exigencia de gran escenificación puede inducir a la confusión de sus guiñoles. Aparentar exige de uno mismo distancia con la apariencia, lo que no siempre se sabe mantener. Y esta diferenciación debe aparecer velada, deben asimilarse persona y personaje para que la representación, aun mala, sea convincente.
La quema de barcos: participar en el gobierno y abandonar el Gobierno.
El surgimiento de los nuevos partidos ha transformado el sistema de partidos. Ahora exige pactos de investidura y, en muchos casos, también de gobierno para la «gobernabilidad» que han expuesto las desvergüenzas de algunos y las exigencias fulminantes de otros. Las cesiones de participación en la dirección de la legislación —la iniciativa legislativa corresponde al Gobierno, al Congreso y al Senado (art. 87. 1 CE)—, incluidas las leyes penales[xviii].
Participar en política implica asumir la práctica de su actividad. No cabe idealismo si se pretende pervivir. Es inevitable «caer en contradicciones» entre lo que se hace y lo que se debería hacer. Aún más: se tiende a disociar discurso y acción. Véase la estrategia desesperada por tantear los potenciales acuerdos de investidura al mismo tiempo que se critica al adversario por seguir idéntica estrategia. El inicio de esta habitud es más que conocido, con aquello de Pedro Sánchez de que «no dormiría tranquilo…», precedido tres años antes de un pacto de investidura no ejecutado con Ciudadanos. El Partido Popular, su élite política, sigue este rumbo con cierto atraso temporal, pero mayor demagogia electoral —si cabe—. Se inauguraron con la campaña de la «venta» (sin compra) de España del 23J de 2023 contra los pactos previsibles de investidura del PSOE con las diversas organizaciones del separatismo regionalista, al mismo tiempo que negociaban con esos mismos separatistas[xix].
Tanto como gobernar exige abandonar, romper un pacto de gobierno o dimitir. Lo primero es frecuente en la política española, dado el carácter preminente de los dos grandes partidos. Una coalición desgasta a ambas partes, pero sobre todo quema al partido con menor cuota de poder. Su participación en el Gobierno es cualitativamente menor y la atribución de responsabilidades es incierta, pero potencialmente más dañina —véase, como ejemplo paradigmático, la repercusión de las denominadas «Ley solo sí es sí» y «Ley trans»[xx]—. Además, exige ceder mucho más de lo que puede conceder e implica secundar al partido con más poder. Si vinieren mal dadas, el margen de actuación es menor y la presión de los medios mayor, pues los controlados por partidos disidentes y los afines a la contraparte de la coalición atacaran.
Por el contrario, la dimisión es ejercicio excepcional en España. Lo que dejó en evidencia el ridículo de las dos (¿primeras?) «cartas a la ciudadanía» y consolidó la desvergüenza de la DANA es que la relación mando-obediencia está invertida. No es el mandante el que elige y, en su caso, destituye al mandatario, sino que es este el que se postula para ser aclamado. Si considerare que los mandados no son merecedores de tal digno honor, el de permanecer en el cargo, lo que es «reflexionado» en un terminus praestitutus, abandonará el cometido y a los consagrados a su suerte. La dimisión no es ya la forma vergonzante y forzada de reconocer y asumir la responsabilidad política, sino la ultima ratio de aclamación merecedora de las soflamas desesperadas para no abandonar a los súbditos a su suerte.
La última media década aún ha dado para más. El desvelamiento también ha alcanzado el denominado «poder judicial», que se reduce a considerar a los tribunales Supremo (TS), Constitucional (TC) y, en algunos casos, Superiores de Justicia (TSJ). Es de uso común hablar de facciones o grupos en la formación de sus decisiones. Mediante la elección directa o semidirecta de magistrados se conforman mayorías «progresistas» o «conservadoras», favorables a uno u otro partido mayoritario y su estrategia discursiva. Más claro, por si el lenguaje rutinario evita el escándalo: los partidos nombran «juristas» afines (lo menos) o afiliados (lo más) para los cargos judiciales con competencia exclusiva para instruir y juzgar causas penales en que puedan estar involucrados; revisar disposiciones administrativas, gubernamentales y legislativas que han dictado; o interpretar el «ordenamiento». ¿Lawfare? Sí. También pro PSOE, lo que incluye la escenificación del caso Zapatero incoado con un subterfugio en abuso de derecho.
Epílogo: España raptada, España negra.
Santiago Abascal iniciaba una entrevista de Pedro Bauerbaum en WORLDCA$T, publicada en YouTube el 5 de junio de 2025, diciendo «creo que hemos llegado a un punto de descaro, de jeta, de insulto a los ciudadanos que no podíamos ni imaginar»[xxi]. Sí, se podía. Instaba una «reacción social, institucional», precisando que «cuando hablo de institucional me refiero a mediática, judicial»[xxii]. ¿Es lo social y lo mediático estatal?
También mostraba lo evidente de la clase política española, su carencia de sentido político y el seguidismo de la geopolítica de otros, de los enemigos, a los que su partido obedece: «Yo no pienso que Marruecos sea el enemigo. Y lo digo porque hay veces que nos escuchan y dicen, deben pensar eso. Marruecos es una nación vecina con la que tenemos que intentar tener una buena relación basada en el respeto mutuo. […] Yo creo que Marruecos… Marruecos respetaría un Gobierno firme en España, creo que tienen ese lenguaje».[xxiii]
La fase actual de desvelamiento del poder en España exige de todos los partícipes del consenso, tan antipolítico como corruptor, desvergüenza pública e hipocresía privada. No es tan escandaloso como grotesco lo que se ha visto y lo que queda por ver. En el Estado de partidos (Parteienstaat), Estado total en su concepto —confusión Estado-sociedad—, todo lo estatal es social y todo lo social es, en potencia, estatal[xxiv]. Los «grupos sociales más poderosos» se apropian de «la libertad de acción y decisión del Estado», así como el Estado se ha apropiado de «esferas sociales»[xxv]. No existe representación, se ha sustituido por integración de los partidos en el Estado que, «por obra del principio de identidad», forman la volonté générale[xxvi]. Y la política es política de partidos (Party Politics).
Los españoles son demasiado irónicos para hacer el seguidismo acérrimo que los partidos necesitan, y que practica la minoría de afiliados y trepantes, pero son, también, demasiado escépticos para romper con el statu quo y aunarse en una alternativa civil. No existe todavía la «conciencia de España» en anuencia con el hecho nacional[xxvii], más partidizada que polarizada. La toma del Estado por los partidos e instituciones otrora civiles, la anuencia de clases políticas y su subyugación en las esferas de poder internacional hacen depender de otros nuestro rumbo político.
La traición viene siempre de otro, de los que ostentan poder y su séquito. La apostilla de las traiciones viene, casi siempre, de uno mismo. El rapto es, pues, doble: interno y externo. Interno en el sentido de abjurar del propio sentido político —que es consustancial a la existencia social (ζῷον πολῑτῐκόν)— y abocarse a la dominación de otros. Externo en sentido de raptar, de sustraer al raptado[xxviii].
En nuestro contexto concurre la anuencia del raptor con la del raptado: incapaces de revolvernos, de defendernos y de decidir. Nuestra unidad, destino y existencia se dirimen en unos términos impuestos que no hemos podido excepcionar:
Negra es también [además de la del «cerrado y Casas del Pueblo, la machadiana y pertinaz “España inferior” que jalea espasmódica al Doctor —el de la revolución legal, la amnistía y la alta traición a los perennes intereses nacionales—»]. La España convertida en objeto de la política internacional, gibraltarizada y marroquinizada, que no puede designar a sus enemigos, sino que estos le vienen dados por las soberanías anglosajonas, precisamente por «Los Atlánticos», como en una españolada.[xxix]
En la rémora histórica de la conformación de España, de su unidad política indefectible; en los ecos occidentales de la Aeneis (Eneida), I, 33 de Vergilius (Publius Vergilius Maro, «Virgilio»), Francisco Javier Conde defendió el ahínco y la terquedad de los españoles que no se extingue, aun en las épocas de decadencia: Tantae molis erat hispanam condere gentem[xxx].
[i] «The Hungarian Reform Process: Visions, Hopes, and Reality», p. 1727, Journal of Economic Literature, Vol. XXIV, December 1986, pp. 1687-1737. En español: «El poder genera una tentación irresistible para usarlo» (traducción propia).
[ii] Mins. 35:20-39:50.
[iii] Son conocidos porque en la tradición del pensamiento político occidental es inmanente la vocación de controlar el poder. Diríase que es la tradición del poder controlado. Chantal Desol, Essai sur le pouvoir occidental: Démocratie et despotisme dans l'Antiquité, Presses Universitaires de France, Paris, 1985. Si bien, la «tradición liberal» o «tradición de la libertad» es mucho más. Vid. Dalmacio Negro Pavón, La tradición liberal y el Estado (discurso recepción de la Real Academia de Ciencias Morales y Política, leído el día 8 de mayo de 1995), R. A. C. M. P., Madrid, 1995, Caps. II-VI, pp. 19-86; Íd., La tradición de la libertad, Unión Editorial-Centro Diego de Covarrubias, Madrid, 2019.
Conforme con la tesis de Carl Schmitt acotada a la teoría del Estado (Staatslehre), que cabe generalizar, los conceptos políticos modernos centrales son teológicos secularizados: «Alle prägnanten Begriffe der modernen Staatslehre sind säkularisierte theologische Begriffe.» Politische Teologie: Vier Kapitel zur Lehre von der Soveränität, Duncker & Humblot, Müchen-Leipzig, 1922, III, p. 49. En español: «Todos los conceptos centrales de la moderna teoría del Estado son conceptos teológicos secularizados». Carl Schmitt, «Teología política: Cuatro capítulos sobre la doctrina de la soberanía», III, p. 37, trad. esp. de Francisco Javier Conde, en Íd., Teología política, Trotta, Madrid, 2009, pp., 9-58, ed. de José Luis Villacañas. Cfr. Álvaro d’Ors y Pérez-Peix, «Teología política: Una revisión del problema», Revista de Estudios Políticos, núm. 205, pp. 41-79; y Dalmacio Negro Pavón y Carlos Corral Salvador, «La teología política de Carl Schmitt», Laicidad y libertades, N.º 8, 2008, pp. 53-67.
Lo que subyace a la historia de occidente –grecolatino y cristiano– es el ansia de libertad en un sentido teológico secularizado; esto es, un concepto de la teología política. Se disputa la realización de la libertad humana de tendencia individual con la operatividad de la organización social en su carácter imperativo: «La libertad, causa de los conflictos y del desorden, es la razón de ser del Derecho para restaurar el orden social y la de lo Político, que busca la unidad en la convivencia, para garantizarlo mediante la política, de la que depende la civilización. Su finalidad concreta [la de lo político] consiste en equilibrar o armonizar la seguridad que da el Derecho –una mediación entre la Moral y la Política (J[ulien] Freund)–, con la libertad.» Dalmacio Negro Pavón, «Los tres modos de la política» (sesión del 19 de diciembre de 2017), 1, p. 183, Anales de la RACMP, 95, 2018, pp. 183-200. Para una genealogía conceptual de la «libertad política» y la «libertad religiosa» vid. Álvaro d’Ors y Pérez-Peix, «Libertad política y libertad religiosa», Verbo, núm. 473-474, 2009, pp. 281-290.
[iv] Dalmacio Negro Pavón, Gobierno y…, IV, 1, p. 34.
[v] Bertrand de Jouvenel, Du Pouvoir: Histoire naturelle de sa croissance, Les Éditions du cheval ailé, Genève, 1945.
[vi] Los dos restantes son las distinciones amigo-enemigo y público-privado. Julien Freund, L’essence du politique, Sirey, Paris, 1986 (1965), tercera edición con nuevo apéndice, Deuxième partie, Chaps. III-VIII (hay trad. esp. de Sofía Nöel: La esencia de lo político, Editora nacional, Madrid, 1968; nueva edición de Jerónimo Molina Cano, C. E. P. C., Madrid, 2018)
[vii] «El hombre [entiéndase ser humano] ha tratado constantemente de eludir, de neutralizar o de sublimar el hecho radical y terrible de estar sometido a otro hombre. Mas, como no hay unidad política sin poder, como el poder implica una relación de mando y de obediencia, y como el poder ha de ejercerse por el hombre, resulta, entonces, que hay que dar a ese hecho un sentido o una forma que lo transfigure [“de transfigurarlo en un poder de otra naturaleza”], hasta hacerle perder su carácter de dominación interhumana.» Manuel García-Pelayo Alonso, «La transfiguración del poder», 1, p. 38, en Íd., Los mitos políticos, Alianza, Madrid, 1981, pp. 38-63 (publicado por primera vez en la Revista de Ciencias Sociales, Universidad de Puerto Rico, vol. I, Núm. 2, junio, 1957, pp. 231-255).
[viii] «[C]on mayor o menor patencia, manifiesto o soterrado, en formas simples o complejas, el mito está siempre presente o a punto de irrumpir como una fuerza movilizadora de la acción política. Estimo también que la mentalidad mítica es una forma de percepción y de posición ante las cosas que no deja tampoco de estar permanentemente presente.» Manuel García-Pelayo Alonso, Los mitos…, «Prólogo», p. 10.
[ix] Manuel García-Pelayo Alonso, «Mito y actitud mítica en el campo político», 3. 3, p. 26, en Íd., Los mitos…, pp. 11-37 (publicado por primera vez en Homenaje a Ángel Rosenblat en sus 70 años: Estudios filosóficos y lingüísticos, Instituto Pedagógico Nacional, Caracas, 1974, pp. 195-223).
[x] Antonio García-Trevijano Forte, Pasiones de servidumbre, Cap. I, 13, p. 124, Editorial MCRC, Madrid, 2016, pp. 119-125 (primera edición en Foca, Madrid, 2001).
[xi] No debe confundirse lo político con la política. Lo primero es la institución, la segunda su práctica. «Lo Político es una esencia [“la unidad de un conjunto de notas”] y la Política su forma de actuar». Dalmacio Negro Pavón, «Los tres modos…», 1, p. 183.
[xii] Dalmacio Negro Pavón, Gobierno…, XIII, 3, p. 90.
[xiii] Dalmacio Negro Pavón, «Rousseau y los orígenes de la política de consenso», pp. 64-65, Revista de Estudios Políticos (Nueva Época), núm. 8, marzo/abril, 1979, pp. 63-114. La premisa política parte de una hipótesis antropológica: «La política de consenso descansa fundamentalmente en la suposición de orden moral de que el hombre es esencialmente bueno, pero el sistema de las relaciones sociales está profundamente viciado. El objeto de la política pasa a ser entonces la liberación del hombre de la forma política eliminando la intervención de la voluntad individual en las decisiones. Esta corriente contrapone la legitimidad al poder y el consenso al compromiso». Ibid., p. 64.
[xiv] Vid., respecto de su relación con la facción en el partido más discrepante: Así es la historia de «amor y desamor» entre Susana Díaz y Pedro Sánchez: 11 años de guerra en el PSOE.
[xv] Esta es la primera y principal conclusión, o exposición fenomenológica, que resultó de uno de los primeros estudios de los partidos políticos, el de Robert Michels: Zur Soziologie des Parteiwesens in der modernen Demokratie: Untersuchungen über die oligarchischen Tendenzen des Gruppenlebens, Werner Klinkhardt, Leipzig, 1911 (hay ed. esp.: Los partidos políticos: Un estudio sociológico de las tendencias oligárquicas de la democracia moderna, Amorrortu, Madrid-Buenos Aires, 2008, 2 vols.). La denominada ley de hierro de la oligarquía, cuyo primera parte es más bien alegórica, es una regolarità de lo político, inmanente. Vid. Gonzalo Fernández de la Mora Mon, La partitocracia, Instituto de Estudios Políticos, Madrid, 1977, segunda edición ampliada, II, pp. 27-87; Íd., «La oligarquía, forma trascendental de gobierno», Revista de Estudios Políticos, núm. 205, enero/febrero, 1976, pp. 5-39; Dalmacio Negro Pavón, La ley de hierro de la oligarquía, Ediciones encuentro, Madrid, 2015.
[xvi] Programa-Autonómicas-2019.pdf; Eliminar subvenciones a sindicatos y patronal, cerrar el Ministerio de Igualdad y Memoria Democrática, suprimir las partidas destinadas a propaganda… Así es el plan de VOX para reducir el gasto político - VOX; El 64% de los ingresos de Vox proviene de subvenciones públicas | NR | Periodismo alternativo.
[xvii] El uso y sentido es tomado de la obra de Gianfranco Miglio, discípulo de Carl Schmitt y Max Weber, La regolarità della politica: Scritti scelti raccolti e pubblicati dagli allievi, Giuffrè, Milano, 1988, 2 vols.; y desarrollado por Carlo Gambescia, Metapolítica: L’altro sguardo del poteres, Il Foglio, Piombino, 2009, pp. 28-30. Las regularidades (regolarità) de lo político son aquellas continuidades o patrones sociológicas existentes e inmutables en lo político y la política. Para una introducción brillante y sintética, aunque centrada en una de esas pocas regolarità, vid. Jerónimo Molina Cano, «El ciclo político», Ideas, 16 de abril de 2023, en linea: https://ideas.gaceta.es/el-ciclo-politico/.
[xviii] No era ajeno para los gobiernos anteriores a los de Pedro Sánchez, pues no ha cambiado ni formal y ni materialmente norma o práctica alguna. Si bien, en consonancia con la exposición del presente texto, se han explicitado tales cuestiones. Un ejemplo paradigmático, tanto por el programa como por los contertulios, es el de Carmen Calvo en Hora 25 de la Cadena Ser, enero de 2023. Decía que las leyes penales (en su mayoría orgánicas) «las hacen» los ministros de justicia. Cada ministro elabora las que se relacionan con su ramo de competencia y «se respeta su autonomía». Otros miembros del Gobierno, habitualmente en Consejo de Ministros, hacen «objeciones» que, en el caso de la denominada «Ley solo sí es sí» (Ley Orgánica 10/2022, de 6 de septiembre, de garantía integral de la libertad sexual), fueron «clarísimas».
[xix] El PP se sentará con Junts y PNV para que se abstengan y faciliten la investidura de Feijóo; El PNV dice haber recibido una «insistencia constante» del PP para apoyar a Feijóo y reitera: «Nuestros votos no los tendrán»; PP y Junts sondearon un entendimiento antes de abrirse la negociación con el PSOE.
[xx] La eurodiputada Irene Montero se excusaba, sin entrar en la cuestión, en una conversación televisiva reciente de los efectos penológicos proreo «Si realmente la ley estaba mal, todas las leyes penales las hacen los ministros de Justicia, que en ese momento era Juan Carlos Campo del Partido Socialista [PSOE]. [La entrevistadora hace un gesto afirmativo con la cabeza]. Entonces, si la ley estaba mal redactada, la había redactado un señor que ahora está en el Tribunal Constitucional. [“Guau”, de fondo]. ¿Por qué me monta..., si no decís que las mujeres feministas no sabemos redactar leyes? […] Si realmente creíais que la ley está mal, ¿por qué me lo decíais a mí? Si todas las leyes penales de la historia de la democracia nunca se pueden llevar a un Consejo de Ministros si no las ha visto el Ministerio de Justicia. Si es una relación compartida». Entrevista a Irene Montero en El Sótano Club de Ten el 25 de junio de 2026, presentado por Alba Carrillo, disponible en YouTube: La entrevista sin filtros de Irene Montero: La ley solo sí es sí, su chalet y su pasado como cajera, mins. 31:40-32:45.
[xxi] #194 - Así Sería España Si VOX Llega al Poder - Santiago Abascal, mins. 3:34-3:44. Sobre la sucesiva exposición me abstengo de comentar, más allá del error conceptual de asimilar lo que se denomina la formación de o del Gobierno —en términos eufemísticos— y la «llegada al poder». Pareciera asumirse implícitamente una lógica binaria, de suma cero, en que constituir un Gobierno es «llegar al poder» y cualquier otro cargo o posición política es carente, no tiene poder.
[xxii] Ibid., mins. 6:27-6:37.
[xxiii] Ibid., míns. 1:06:00-1:06:56.
[xxiv] Carl Schmitt, «Hacia el Estado total», pp. 141-143, Revista de Occidente, N.º 95, 1931, pp. 140-156 (original en alemán: „Die Wendung zur totalen Staat“, Europäischen Revue, vol. 7, no. 9, 1931, Dez., pp. 146 y ss.; incluido en Carl Schmitt, Positionen und Begriffe im Kampf mit Weimar – Genf – Versailles, 1923-1939, Hanseatische Verlagsanstalt Aktiengesellschaft, Hamburg, 1940, pp. 146-157).
[xxv] Manuel García-Pelayo Alonso, «Hacia el surgimiento histórico del Estado moderno», 4, p. 133, en Íd., Idea de la política y otros escritos, Centro de Estudios Constitucionales, Madrid, 1983, pp. 107-133.
[xxvi] Gerhard Leibholz, «Representación e identidad», 1-2, p. 210, en Kurt Lenk y Franz Neumann (eds.), Teoría y sociología críticas de los partidos políticos, Anagrama, Barcelona, 1980, pp. 205-227 (original en alemán: «Der Strukturwandel der modernen Demokratie», en Íd., Strukturprobleme der modernen Demokratie, C. F. Müller, Karlsruhe, 1958, pp. 88-111).
Procedo a exponer de forma completa el argumento de Leibholz, sin ánimo de exhaustividad. Para la teoría constitucional y del Estado posterior a la segunda guerra mundial, en particular en Alemania, la Grundgesetz für die Bundesrepublik Deutschland de 23 de mayo de 1949 (Ley Fundamental de la República Federal Alemana o Ley Fundamental de Bonn) suponía una nueva fase de la relación entre Estado y democracia. Leibholz planteaba que «[l]a diferencia básica en cuanto a la teoría constitucional entre el moderno Estado de partidos y la democracia tradicional, liberal-representativa y parlamentaria, responde sin duda a que [aquel] […] no es otra cosa que una manifestación racionalizada de la democracia plebiscitaria o, si se quiere, un substituto de la democracia directa en el moderno Estado de amplia extensión territorial.» Y prosigue: «[d]e aquí resulta que la voluntad popular o general, esto es, la “volonté générale”, se forma en la democracia [“plebiscitaria” del Estado de partidos] mediante los partidos.» Se sustituye el principio de representación de la «democracia liberal-representativa» por el «principio de identidad», «sin mezcla de elementos estructurales de representación» porque «[a]sí como en la democracia plebiscitaria la voluntad de la mayoría de los ciudadanos activos se identifica con la voluntad general del pueblo, en la democracia de partidos que funciona, la voluntad de la mayoría de éstos en el gobierno y en el parlamento se identifica con la “volonté générale”.» Ibid., 1-2, p. 210.
El cometido de los partidos en el Parteienstaat es, «frente a los intereses en pugna de las asociaciones» y otras instituciones sociales, cumplir con sus «concretas funciones de integración». Gerhard Leibholz, «El legislador como amenaza para la libertad en el moderno Estado democrático de partidos», IV, p. 11, Revista de Estudios Políticos, núm. 137, septiembre/octubre, 1964, pp. 5-18.
[xxvii] Cfr. Antonio García-Trevijano Forte, Hecho nacional y conciencia de España, Editorial MCRC, Madrid, 2016 (segunda parte editada por separado de su libro El discurso de la República: Del hecho nacional a la conciencia de España, Temas de hoy, Madrid, 1994).
[xxviii] Luis Díez del Corral, El rapto de Europa: Una interpretación histórica de nuestro tiempo, Alianza, Madrid, 1974 (1954), «Prólogo a la presente edición», pp. 9-20.
[xxix] Jerónimo Molina Cano, «Gonzalo Fernández de la Mora y la España del “logos”», Ideas, 28 de abril de 2024, en línea: https://ideas.gaceta.es/gonzalo-fernandez-de-la-mora-y-la-espana-del-logos/.
[xxx] Francisco Javier Conde García, Contribución a la doctrina del caudillaje, Ediciones de la Vicesecretaría de Educación Popular, Madrid, p. 51. La tesis de fondo de este opúsculo es que el caudillaje en la persona de Franco era cualitativamente distinto a cualesquiera otras formas de caudillismo, así como del Führer y del Duce. Comparto la diferencia conceptual y la formación teórica del caudillaje de Conde, pero no la abstracción de su defensa del «nuevo régimen», muy propio en las obras de los años 40 en un sentido muy cercano al falangismo del que se fueron distanciando las obras posteriores de los juristas de Estado.




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