El gusto comienza siendo algo natural y espontáneo. La naturalidad del gusto, consustancial a las funciones elementales de los seres animados, ha sido decisiva para rescatar, o recluir en lo apartado, determinadas acciones biológicas. Pero el buen gusto, exclusivo de la humanidad, se manifestó más pronto de lo que hasta hace poco se creía. Con él comenzó a distinguirse la útil herramienta de la inútil obra de arte. Aunque lo bello en lo útil no fuera todavía la belleza, desde su origen produjo deleites espirituales íntimos que se integraron en la riqueza de los placeres naturales. La utilidad asistió al nacimiento de la belleza artística.
Ateísmo estético, arte del siglo XX: de la modernidad al modernismo
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