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Jellinek, la Corona y el arte de la muleta
La solemnidad siempre fue hermana siamesa de la ridiculez. Al separar una de otra, morían las dos. Siempre vivían ambas en un extraño equilibrio. Y se necesitaban mutuamente en extraña simbiosis. Lo ridículo devuelve lo solemne al mundo de los vivos. Lo excesivamente solemne, yace en un marmóreo cielo petrificado. Lo demasiado ridículo, no mueve a la conmoción ni al bufón de corte. Pero ambas, se legitiman mutuamente dándose la una lo que le falta a la otra. Sólo así se sosti
Vicente Dessy
8 dic 20242 min de lectura
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