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Tríada para la fundación (II)

hace 5 minutos
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II. EL DÍA DESPUÉS


Del colapso del Estado de partidos a la apertura de un período de libertad constituyente


«La acción política constituyente de la forma de Estado y de Gobierno puede presentarse de improviso como urgencia ante un eventual vacío de poder por causas imprevistas, o como única opción de libertad de la voluntad colectiva ante la bancarrota del Estado o del fondo de pensiones» (Antonio García-Trevijano. Teoría Pura de la República).

 

La abstención activa abre el umbral, no lo cruza. Deslegitima al régimen, no lo derriba. Los partidos seguirán siendo legales, ocuparán sus escaños y firmarán sus decretos, pero no serán legítimos ni tendrán autoridad moral. La legalidad sobrevive a la legitimidad, como en una casa de vigas carcomidas sobrevive la fachada. De esa casa no saldrán por su propia voluntad, sino cuando algo la derribe. Ese algo no se elige. Un escándalo, una bancarrota, un accidente, una crisis territorial o la picadura de un mosquito pueden precipitar el colapso, pero ninguna voluntad puede fijar de antemano el día ni el motivo. El azar reclama su papel.


Lo que sí depende de la sociedad es cómo la encuentre ese momento, con el régimen ya deslegitimado: dispersa y sin alternativa, o arraigada en una consciencia colectiva constituyente. Hay que estar preparado. Lo difícil no es la caída, sino el día después.


En 1945, la guerra dejó en Europa un vacío de poder. El vacío no duró: se llenó. Las partidocracias de Europa occidental no llegaron como resultado de un proceso, sino como ocupación impuesta de ese hueco. Lo que se improvisó entonces como provisional, bajo el paraguas militar del vencedor americano, se perpetuó.


La Transición española nos demuestra cómo se pierde una oportunidad de ruptura. Dos curvas se acercaban: la del poder del Estado franquista en descenso y la de la oposición democrática en ascenso. Su cruce pudo ser la ruptura. Pero el régimen adelantó el encuentro, cuando aún tenía fuerza para doblegar la curva ascendente y convertirla en poder estatal. Los partidos clandestinos lo aceptaron: ese fue su oportunismo y su traición. El consenso se injertó en el tronco intacto del Estado. Fue una transacción, no una elección: el Estado recompuesto tomó la iniciativa y decretó el camino a seguir. Este que estamos.


El peligro sigue latente. Cuando el régimen tambalee, el Estado ofrecerá diálogo, pactos de urgencia, caras y camisas nuevas: otro disfraz del mismo orden. El oportunismo, siempre presente, pedirá reformas constitucionales desde dentro del propio régimen. Si los reformistas consiguen aprobar una reforma o levantar una nueva Constitución de consenso entre partidos, será un nuevo fraude a la libertad política, aunque lo ratifique un plebiscito.


Frente al consenso entre partidos, el proceso constituyente necesita imparcialidad de principio a fin, y eso exige un gobierno provisional, sin más misión que asegurar la neutralidad del proceso: convocar y custodiar. Bajo esa custodia transcurre el periodo de libertad constituyente: un tiempo necesariamente extenso en que ninguna facción puede reclamar para sí en exclusiva la acción constituyente. El poder constituyente no está en el gobierno provisional ni en ningún partido: solo la libertad política colectiva puede ejercerlo.


Toda sociedad plural tiene tres opciones: (1) la conservadora, que prolonga la monarquía de partidos; (2) la reaccionaria, que regresa a la república de partidos de 1931; y (3) la creadora, la república constitucional. Deben expresarse con igual oportunidad y los mismos medios, hasta que el cuerpo electoral, mediante un referéndum electivo, informado en igualdad de condiciones y con un debate político real, elija entre ellas el marco fundamental de su convivencia.


Solo si la nación elige con la mente y el corazón la opción creadora, se abrirá el camino hacia la fundación de una democracia formal: una república constitucional basada en la separación en origen de los poderes del Estado y en la representación de la sociedad. Este es el único plano arquitectónico capaz de transformar el caos del colapso en un nuevo Cosmos político verdadero.


El día después no se improvisa: se prepara antes; por eso trabaja el MCRC para despertar la consciencia colectiva. Si la teoría de la república constitucional está asumida por un movimiento ciudadano organizado y activo, este sabrá qué hacer cuando el vacío lo interpele. Quien llega con lo puesto, ratifica. Quien llega con una teoría, funda.

 

«Dada su naturaleza colectiva, [la libertad constituyente] no puede ser otorgada por nada ni por nadie. Ha de ser conquistada por la parte más lúcida y generosa de los gobernados» (Antonio García-Trevijano, Libertad Constituyente).

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