Tríada para la fundación (I)
Para cuando llegue la hora

INTRODUCCIÓN
La primera tríada trazó el terreno: legado, consciencia y acción colectiva para abrir un período de libertad constituyente. Esta segunda da el paso siguiente: qué ocurre cuando llegue la hora y qué hay que fundar después.
La teoría pura de la república establece el fundamento: la libertad política colectiva, el periodo de libertad constituyente y la república constitucional como forma de democracia formal.
Esta tríada pretende convertir ese fundamento en una secuencia de acción: qué debe hacer la sociedad antes de que llegue la hora y cómo atravesar el intervalo que se abre cuando el viejo orden pierde su legitimidad.
Tres artículos, tres tiempos:
I. Insolencia colectiva rompe.
II. El día después custodia el vacío.
III. La república constitucional funda.
Primero, la sociedad rompe con el régimen de partidos mediante la abstención activa y deslegitima la ficción de su representación.
Después, llega el vacío. El viejo orden puede caer antes de que exista el nuevo. Ese intervalo no puede quedar a merced de la improvisación, del oportunismo ni de quienes pretendan ocuparlo en nombre de algo. Hay que custodiarlo hasta que la libertad política colectiva pueda ejercer el poder constituyente.
Finalmente, la república constitucional instituye el nuevo orden: separación de poderes en origen, representación de la sociedad y garantías institucionales de la libertad política.
Ningún orden auténtico puede nacer de la homogeneidad del Estado de partidos. Hay que quebrarla, atravesar el vacío y levantar después un orden cuyo eje sea la libertad política colectiva.
Estos tres artículos no predicen el día ni el motivo del colapso. Indican lo que debe estar hecho antes.
Para cuando llegue la hora.
«…mantener encendida la antorcha de la verdad para que, llegado el momento de la acción colectiva, en los instantes cruciales de crisis del poder estatal, la parte más consciente de la sociedad sepa adónde ir» (Antonio García-Trevijano, Libertad constituyente).
I. INSOLENCIA COLECTIVA
De la abstención consciente a la ruptura política
«Para vivir en el Mundo hay que fundarlo, y ningún mundo puede nacer en el caos de la homogeneidad y de la relatividad del espacio profano. [...] Cuando el espacio sagrado se consagra, el Cosmos nace» (Mircea Eliade. Lo sagrado y lo profano).
Trasladar la tesis de Mircea Eliade a lo político no pretende ser un recurso analógico ni retórico, sino una exigencia estructural. Así como las sociedades arcaicas requerían quebrar la uniformidad amorfa del espacio profano para erigir un eje y fundar un Cosmos dotado de sentido, la sociedad civil necesita fijar un punto de referencia desde el que afrontar la tensión insalvable entre la homogeneidad estatal y la heterogeneidad social como principios rivales de la realidad. Se trata de romper la planicie del consenso partidocrático para habitar una realidad cívica verdadera. La homogeneidad estatal es, en sí misma, el caos.
El actual régimen de partidos estatales se sostiene sobre una homogeneidad ficticia: un consenso plano, de diferencias puramente cosméticas, en el que toda la clase política coincide en el voraz interés oligárquico de parasitar las instituciones. Un páramo moral indiferenciado, donde la diversidad social se diluye en el monismo estatal. Esta uniformidad reduce a los ciudadanos a una masa dócil integrada en el Estado.
La libertad política no surge de la inercia ni de la concesión del poder; exige un deliberado acto de demarcación fundacional que rescate la heterogeneidad social de su secuestro estatal. La insolencia colectiva, cuya primera expresión política es la abstención consciente, subvierte el orden estatal: rompe el monismo para devolver a la sociedad su heterogeneidad política.
Etimológicamente, la palabra insolencia proviene del latín insolens: el que rompe con lo que se suele (solere) hacer. En su origen, no designa una mera grosería, sino la ruptura con lo acostumbrado: una interrupción de la inercia que despierta los sentidos y ejercita la inteligencia. Ayuno.
Así como el ayuno orgánico interrumpe la costumbre biológica de ingerir para activar un proceso de reciclaje, limpieza y regeneración del organismo; el ayuno electoral corta el flujo nutricio de la legitimidad que el Estado fagocita. Activa la regeneración de la sociedad civil.
La abstención consciente fractura el monólogo del poder: la sociedad deshace la falsa unidad del régimen y recobra su autonomía frente al Estado. Esta irrupción de lo heterogéneo limpia el terreno, permitiendo que la sociedad deje de ser público pasivo y se convierta en la fuerza creadora capaz de fundar, desde abajo, una auténtica democracia formal.
La insolencia, en su dimensión política más profunda, constituye una cualidad intelectual y una actitud existencial que los mitos de la cultura dominante no pueden soportar. El poder político-cultural no se sostiene únicamente a través del monopolio de la violencia; requiere imperiosamente una narrativa mitológica que justifique su preeminencia. Un monopolio de la legitimidad mental. Esta narrativa exige una tregua tácita con los gobernados: el pacto de aceptar la apariencia como realidad. Mentira compartida. Filosofía lúdica combinada con la del como si. Juegos y ficciones útiles para sostener el régimen y consentir la sumisión.
La insolencia cuestiona lo incuestionable, abre el desgarro entre el ser y el parecer. Es un espejo incómodo que refleja lo que la cultura dominante oculta: denuncia lo que la oligarquía estatal realmente es.
La realidad social, sin verdad política, es una ficción regulada: el escenario de un teatro de vanidades que se retroalimenta de ambiciones personales, egocentrismos ideológicos y protagonismos mediáticos. Fama.
Mientras el público permanece alienado y empachado en la penumbra de la platea, la insolencia es la voz coral que se levanta en plena función y grita: estos bufones mienten.
La sed de libertad política colectiva es la mayor insolencia imaginable frente al régimen de partidos. El acto de levantarse e impugnar la farsa se traduce en una estrategia de ruptura política: la abstención electoral activa. Al dejar las butacas vacías y negarse a validar la comedia electoral, la insolencia colectiva arranca la máscara de legitimidad al Estado de partidos. Es una ruptura pacífica: no infringe ley alguna, solo la costumbre.
No toda abstención es insolente. La del indiferente y la del desencantado son ausencias mudas que el régimen absorbe sin esfuerzo. La insolencia colectiva es su contrario: una abstención activa, que se reconoce en la de otros y que apunta más allá de la negación, hacia un propósito constituyente. Eso distingue la resignación de la ruptura.
En las urnas la partidocracia se sostiene sobre tres mitos: el deber de votar, el voto útil y el mal menor. La insolencia rompe el voto. Rompe el chantaje moral y emocional que empieza por trasmutar un derecho en un deber. Al negarse a elegir entre diferentes disfraces y colores, la sociedad recupera su autonomía moral. Pero ninguna negativa aislada basta: la insolencia se vuelve colectiva cuando cada abstención converge con las demás en torno a un mismo proyecto fundacional. Esa convergencia no necesita jefes ni portavoces providenciales: la articula una inteligencia colectiva, autoconsciente y anónima, como la que sostiene el MCRC.
Cuando la abstención consciente se vuelva mayoritaria, la farsa quedará desnuda, como su rey. No bastará la cifra, que el régimen sabe absorber cuando la abstención es muda; lo decisivo es que llegue acompañada de un clamor compartido por la libertad constituyente. Solo cuando el ciudadano comprenda que el Estado lo suplanta, nacerá la verdadera pulsión fundacional: un chispazo que desactivará la complicidad del gobernado. Al consumar la desconexión con el teatro político, el público romperá el cordón umbilical que alimenta al Estado de partidos. La sociedad civil dejará de ser una masa moldeada por el poder y recuperará su dignidad y su condición de sujeto político consciente y constituyente.
La insolencia colectiva no es un fin en sí misma, sino el umbral. Vaciar el teatro no basta si no se levanta otro escenario: el gesto solo cobra sentido si contribuye a abrir un periodo de libertad constituyente, aquel en que la sociedad, sin poderes constituidos que la tutelen, decida cómo organizar el Estado para controlar el poder y ser representada. Es ahí donde la abstención activa dejará de ser negación y se convertirá en fundación.
Pero ahora hay que atravesar el vacío.
«El Movimiento Ciudadano por la República Constitucional promoverá, contra la Monarquía de Partidos, la sistemática abstención de la madurez cívica en todas las convocatorias a las urnas, y la participación del inconformismo cultural y político en todas las rebeliones pacíficas de la juventud. A partir de ahora, la abstención y la rebelión, sublimadas en revolución pacífica orientada a un solo fin político, tendrán potencia no solo para destituir sino para instituir gobiernos» (Antonio García-Trevijano. La abstención factor del cambio político).
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Totalmente de acuerdo con usted.
Yo no voto. Yo no participo en un fraude.