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Tríada para el MCRC (III)

hace 10 horas
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III. LA VALENTÍA


Del miedo organizado a la valentía cívica

 

«Llamemos juntas a la decencia y la inteligencia, y tendremos organizada la valentía» (Antonio García-Trevijano, Blog AGT, 12 agosto 2006).

 

Bajo la dictadura se inculcó el miedo a la sociabilidad y a la autoridad. La prudencia aconsejaba retraimiento en las expresiones y servilismo en las acciones. Muerto el dictador, se abrió una oportunidad histórica para conquistar la libertad política colectiva, pero el oportunismo y la traición de los partidos clandestinos la frustraron mediante el miedo y la mentira. Sobre esa base inmoral se sustenta la actual monarquía de partidos.


Entre las virtudes cardinales, la fortaleza quedó desplazada por la prudencia y la templanza. Y, salvo en el ámbito militar, apenas hubo una educación sistemática de la valentía civil. Los intelectuales, como clase social, han ofrecido con frecuencia el ejemplo de una inteligencia capaz de comprender la injusticia pero incapaz de enfrentarse a ella.


La valentía no es temeridad. Tampoco consiste en despreciar el riesgo. Surge del conocimiento de la naturaleza imaginaria de buena parte de las causas del miedo.


Gran parte de la cobardía política procede de atribuir a la opinión pública una fuerza que solo posee porque cada individuo se la reconoce. El silencio alimenta lo que se teme. La falta de valentía para diferir de la opinión común es un hábito residual de las dictaduras.


Disentir tiene un precio: la burla, el aislamiento y a veces, la pérdida de posición. Es un precio de incomodidad, no de martirio, y se paga de frente. Quien actúa ante una amenaza real necesita coraje; quien actúa sin ella, serenidad. El silencio, en cambio, se paga cada día a escondidas.


El motor de la valentía es el deber moral. Si nada es más valioso que la verdad y la libertad, ninguna acción puede ser más digna que aquella que contribuye a conquistarlas. El valor es tan contagioso como el miedo.


La libertad política colectiva no necesita héroes. No exige una sociedad de hombres excepcionales. Exige el cumplimiento de un deber cívico que el sentido común puede reconocer y que una vida decorosa hace posible cumplir.


La valentía individual no es condición previa de la valentía colectiva. La decencia personal y la inteligencia social, cuando concurren en personas sensibles ante la injusticia, la mentira y el abuso del poder, proporcionan al valor lo que el viento proporciona al fuego: la fuerza para propagarse. La valentía no se suma: se compone. Se compone porque se reconoce.


Basta una sola voz. El miedo se sostiene sobre un silencio compartido, donde cada cual cree ser el único que duda. Quien lo rompe no inventa nada: dice lo que todos saben y casi nadie dice. Su acto no exige una fuerza excepcional, sino decencia para no prestarse a la farsa e inteligencia para darse cuenta de que no es el único que lo ve. Y así muestra a los demás que no están solos. Por eso la valentía necesita ser visible, y organizarla es procurar que las personas decentes e inteligentes se encuentren y se llamen.


Ese encuentro no crea una organización que sustituya la libertad de sus miembros. La organización surge del reconocimiento mutuo y de la voluntad de actuar juntos sin dejar de ser libres. Su fuerza no procede de la disciplina ni de la obediencia, sino de la capacidad de cada persona para reconocer la verdad, asumirla y responder públicamente por ella.

 

Mientras llega la hora, la valentía se cultiva. Un gramo de audacia en lo que se hace cada día, un jardín de rebeldía en los asuntos cotidianos, una resistencia constante a la mentira, a la indignidad y a la obediencia sin razón. Así, la paciencia de la espera no degenera en conformismo y, cuando llegue la ocasión, encontrará preparada la voluntad de actuar. Cada acto mantiene encendida la antorcha.


Las tres cualidades se necesitan mutuamente. La decencia permite reconocer aquello que no puede aceptarse; las inteligencias, comprender sus causas y descubrir la alternativa; la valentía permite convertir ese conocimiento en acción. Su encuentro puede transformar esas cualidades individuales en fuerza política.


Organizar la valentía es reconocer y crear cada cual el mundo personal de su propia dignidad y ensancharlo en la sociedad, hasta que la conducta que hoy parece excepcional pueda convertirse mañana en conducta común.


Ese mundo se funda y también se ensancha. Frente a la organización del miedo por el Estado, la sociedad civil debe responder con la organización de la valentía.


Las monarquías viven de la fidelidad, que depende de alguien o algo exterior al sujeto. La república vive de la lealtad, que no promete: reconoce una verdad y permanece fiel a ella desde la propia conciencia.


La hora no la elige nadie. Quienes estén organizados sabrán qué hacer con ella.

 

«Mientras que la fidelidad ha de poner su fe en alguien o algo que la trasciendan, la lealtad permanece en la inmanencia del Ser leal a sí mismo. Por eso, las faltas de fidelidad son perdonables, y las de lealtad, imborrables. Por eso, las monarquías nacen y duran en virtud de la fidelidad, y las repúblicas, en virtud de la lealtad» (Antonio García-Trevijano, Blog AGT, 15 agosto 2006).

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