Tríada para el MCRC (II)

II. LAS INTELIGENCIAS
Del sentido común a la inteligencia política
«Ha llegado, pues, la hora de que las nuevas inteligencias se organicen para dirigir la revolución cultural del sentido común y la decencia, mediante la conquista pacífica de la libertad y la orientación humanista del poder político de la sociedad civil en el Estado» (Antonio García-Trevijano, Blog AGT, 10 agosto 2006).
Pensar la política exige poner la inteligencia en plural. La inteligencia no es una facultad indiferenciada, sino un conjunto de funciones mentales: ver relaciones y movimiento allí donde la percepción espontánea solo advierte cosas y posiciones.
Las inteligencias no se organizan para pensar lo mismo, sino para que las distintas capacidades puedan encontrarse, contrastarse y ponerse en relación. La unidad no procede de la uniformidad de las ideas ni de la adhesión a una autoridad, sino del reconocimiento común de una verdad política. Por eso, organizar las inteligencias significa favorecer su comunicación horizontal y su cooperación libre, preservando la singularidad de quienes las ejercen.
El sentido común es indispensable y no necesita una organización específica para orientarse en la experiencia ordinaria. En política se condensa en un criterio: no permitir el monopolio en nada. Pero un criterio no basta para ordenar situaciones complejas, relacionar causas y efectos ni jerarquizar valores en conflicto. En la sociedad agrícola podía bastar en gran medida la experiencia acumulada de los mayores. En la sociedad tecnológica, el conocimiento especializado ocupa buena parte de ese lugar: aumentan los eruditos y disminuyen los sabios.
El sueño tecnocrático tampoco puede resolver el problema político. Las relaciones humanas no son objetos técnicos que puedan administrarse mediante el cálculo de variables, ni gobernarse con inteligencia artificial. La política trata con hombres libres, con acontecimientos irrepetibles y con situaciones que cambian mientras se las conoce.
Pero sin apetito de poder, el sentido común puede impulsar una revolución cultural. Y para dirigirla necesita el concurso de distintas inteligencias. Entre ellas, la inteligencia científica aporta rigor conceptual y conocimiento de las relaciones verificables. La inteligencia histórica conoce lo ocurrido y, sobre todo, permite distinguir las regularidades de las circunstancias irrepetibles. Las inteligencias perciben la sociedad real, no la imagen de ella construida por los discursos oficiales. Y la inteligencia intuitiva permite anticipar lo nuevo allí donde todavía no existen datos suficientes para establecer una previsión calculable.
Ninguna de ellas basta por separado. La potencia creadora aparece en su composición, en el trabajo conjunto de lucideces diferentes, analíticas y sintéticas. Esa composición es la inteligencia política: la que reúne inteligencias y las pone a trabajar sobre una misma realidad para prever lo que viene.
Esa capacidad es precisamente la que los partidos de Estado jamás podrán tener. La disciplina ideológica, la jerarquía burocrática y la selección por obediencia terminan subordinando la inteligencia al aparato. Quien posee una visión propia constituye una amenaza para quien necesita obediencia. El resultado es una organización de la mediocridad, porque los partidos temen aquello que más necesitan: inteligencia independiente.
El MCRC debe hacer lo contrario. Seguros de sus fines comunes, sus miembros no necesitan pensar todos lo mismo sobre todo. Pueden llamar a las inteligencias allí donde estén y poner su diversidad al servicio de una finalidad política común que tiene nombre y apellido: república constitucional.
La inteligencia está mejor repartida que la riqueza. Buscarla donde se encuentre obliga a rechazar la erudición como criterio de autoridad. Pero eso no significa rechazar la dirección ni confundir la horizontalidad con la ausencia de liderazgo.
Es preciso crear líderes políticos. Seguir a un líder natural, capaz de elevar la visión del mundo de sus seguidores, no supone perder libertad. Supone reconocer que una inteligencia puede interpretar y elevar deseos que otros todavía no saben formular políticamente. La diferencia decisiva con el jefe de partido está en que ese liderazgo natural se multiplica y no se perpetúa.
Por eso las inteligencias prevén: no adivinan el futuro, lo preparan. Una sociedad que las ha organizado no necesita saber cuándo llega la hora; sabe qué hacer con ella. Lo que dificulta la unión de las inteligencias no es su escasez. Es el miedo: miedo a equivocarse, a quedar fuera, a perder posición, a no adaptarse al sistema, a pensar contra la opinión dominante. La inteligencia que no se atreve a utilizarse termina convertida en conformismo.
«El consenso, silbido colectivo que ahuyenta peligros imaginarios en el pluralismo, une la cobardía a la falta de inteligencia de la realidad» (Antonio García-Trevijano, Teoría Pura de la República, 2010).
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