Tríada para el MCRC (I)
Decencia, inteligencias y valentía

INTRODUCCIÓN
Las dos primeras tríadas abordaron los fundamentos de la libertad política colectiva y las condiciones necesarias para alcanzarla. Esta tercera plantea una cuestión decisiva: con qué fuerzas sociales puede hacerse realidad.
Ninguna teoría se aplica sola. Necesita una sociedad que la sostenga, y una sociedad no sostiene nada si no se organiza.
El Estado de partidos organiza ambiciones, ideologías, intereses de clase y miedo. La sociedad civil, única fuente de libertad política colectiva, puede organizar otras cosas: conciencias en lugar de ambiciones, ideales en lugar de ideologías, valentía en lugar de miedo.
Lealtad, verdad y libertad son los pilares del MCRC. No se organizan: se reconocen. La verdad y la libertad se identifican en el mismo acto de conocerlas. Y la lealtad mantiene unidos a quienes las reconocen: nadie promete nada a nadie; cada cual declara su lealtad a una idea porque le parece verdadera.
Quien proclama que la decencia, la inteligencia y la valentía no pueden concertarse para imponer la verdad en la vida pública, confiesa que vive bajo los vicios contrarios: indecencia, ignorancia y cobardía. Esta tríada afirma que sí pueden concertarse, y esa concertación nunca se ha intentado.
La decencia, la inteligencia y la valentía no bastan como cualidades individuales. Para convertirse en fuerza política han de reconocerse, encontrarse y ponerse en relación, sin perder la autonomía de las personas que las encarnan. Esa es la cuestión que atraviesa esta tríada: cómo transformar cualidades cívicas dispersas en una fuerza colectiva capaz de actuar en libertad.
Tres artículos, tres fuerzas:
La decencia civiliza.
Las inteligencias prevén.
La valentía contagia.
Primero la decencia, que civiliza: el decoro que una sociedad exige a su vida pública y empieza por practicar en la privada. Después las inteligencias, que prevén: distintas formas de ver la realidad que, juntas, alcanzan lo que ninguna logra por sí sola. Finalmente la valentía, que contagia y no se improvisa: nace cuando la decencia y la inteligencia se llaman juntas.
Estas fuerzas no esperan la hora. Se organizan antes, en lo cotidiano, durante la espera. Para que la hora no encuentre a nadie desprevenido.
«Las personalidades fuertes no aceptan el destino de la pequeña ambición de los poderes emergentes del oportunismo de la deslealtad. No se adaptan a la nueva circunstancia de servidumbre. Crean el mundo personal de su propia dignidad. Y lo ensanchan en la sociedad para que la siguiente ocasión no coja desprevenidos a los incautos e ilusos gobernados» (Antonio García-Trevijano, Teoría Pura de la República).
I. LA DECENCIA
Del decoro privado a la civilidad pública
«Las puertas de la mente solo se abren desde dentro» (Inspirado en Wilhelm von Humboldt).
Entre la libertad interior de pensar y el orden civil de la libertad política colectiva se encuentra la autonomía individual como sentido y valor de su propia vida. Nadie la concede ni la impone. Pero esa autonomía no se queda dentro. Lo que cada cual practica en su vida privada es lo que una sociedad debería exigir a la pública. Entre una cosa y otra falta una forma: organizar la decencia.
Se organizan los intereses, las ideologías, las ambiciones; no las virtudes. El reproche de utópico solo tendría fundamento si alguna vez se hubiera intentado y hubiera fracasado.
Organizar la decencia significa que las conciencias decentes puedan encontrarse, reconocerse, comunicarse y actuar por voluntad propia.
Decencia no es honradez. No es la virtud del santo ni el heroísmo del justo. La decencia es decoro, compostura y civilidad. La falta de honradez es defecto individual, mientras que la indecencia es una calamidad social.
La decencia no pretende mejorar a nadie. Acepta la naturaleza humana como es, con su egoísmo y su altruismo, su docilidad y su rebeldía. La humanidad viviría mejor si supiera cómo salir, sin necesidad de heroísmo, de sus servidumbres: forzosas, inconscientes o voluntarias. La decencia no se presta a ninguna de ellas.
La dignidad es el fondo de la autonomía individual. No es un derecho ni un objetivo que pueda alcanzar la voluntad colectiva: es carácter, y se tiene o no se tiene. No admite ficción, porque es presencia y no representación. Tampoco es un don de la naturaleza: se forma primero en la familia y crece con la edad. Se afirma cuando una sociedad ya no cree en sus ideales y alguien se niega a vivir sin ellos. Pero sola corre dos riesgos: la resignación o el ensueño. Para no caer en ninguno, necesita un ideal realizable y una forma de relación que permita hacerla común. Su forma pública es la decencia: la dignidad personal se torna compostura pública.
Lo público no es solo de quienes viven de ello. El mundo de las telecomunicaciones alcanza a cada uno en su propia casa. La familia y el vecino padecen o disfrutan lo que se hace en nombre de todos. Cuando la vida pública se vuelve grosera, cínica y falsa, es la sociedad privada la agredida en su dignidad. Es legítimo que se defienda. La decencia privada, cuando se organiza, constituye una defensa frente a esa invasión chabacana.
El adversario lo sabe. Dos siglos de experiencia en el uso del poder estatal le han permitido dar perfección institucional a la indecencia: en el Estado de partidos no es un accidente, es institución. Contra ella han fracasado todas las personas honestas que se incorporaron a los partidos, o los votaron, creyendo que podían mejorarlos. Y fracasaría igual una organización de la decencia que prometiera adecentar la vida pública concurriendo a las elecciones del propio régimen. Por eso, la decencia no entra en la contienda partidista: se abstiene de ella. La abstención consciente tiene aquí su razón moral: que ninguna persona decorosa tome parte en la farsa electoral.
La novedad está en lo que se organiza. No las ambiciones, sino las conciencias. No las ideologías, sino los ideales. No los intereses de clase, sino las reglas de juego político comunes a todas las clases. No las libertades personales, sino la libertad política colectiva. El MCRC es un movimiento más social y cultural que político, y por eso puede permitirse lo que ningún partido: no aspirar al poder y disolverse en cuanto la república constitucional sea aprobada en referéndum electivo.
La decencia existe mucho más allá de quienes ambicionan mandar. Lo que le falta es una forma social que permita reconocerla, relacionarla y hacerla políticamente eficaz. Esa forma exige dos clases de buena fe. La moral, la de quien promueve una causa sin utilizarla para su provecho. La intelectual, la de quien intenta hacerse entender sin dar por cerradas las mentes ajenas. Por eso la propaganda no puede sustituir a la explicación ni la consigna al razonamiento.
La exigencia de claridad choca con el poder fraudulento de corromper el valor de la palabra con eufemismos y símbolos de símbolos. Muletillas, giros y locuciones de quienes hablan desde el púlpito del Estado para sostener la mística del consenso oligárquico. Frente a esta jerga, diseñada para fabricar sumisión, la primera lealtad de la decencia es la lealtad al idioma. Llamar a las cosas por su nombre.
Pero la decencia sola no sabe qué hacer ni adónde ir. Necesita pensar.
«Si los poderosos viven instalados en la mentira política, sustituyendo el concurso de la inteligencia por el de la listeza, y el de la honestidad por el de la eficacia ineficiente, no hay más posibilidad de alcanzar dignidad y honor que aliándose con la decencia y el coraje de la libertad colectiva, para destruir las murallas del miedo a la verdad» (Antonio García-Trevijano, Teoría Pura de la República).
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La única unión que necesita la libertad es la epistemológica. Verdad=Libertad. Excelente artículo como tambien lo fueron las anteriores triadas.