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Tres cartas sobre finanzas, energía y el olvido de las viejas leyes

19 ago
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Actualizado: hace 5 días

Tres cartas sobre finanzas, energía y el olvido de las viejas leyes

Estimado lector: 'Cartas persas' se publica en la revista del MCRC Diario de la República Constitucional, fundada por Antonio García-Trevijano, arquitecto de la teoría pura de la democracia. Inspirada en Montesquieu ―cuya separación de poderes Trevijano llamó «alma de la libertad»―, esta columna presenta a un sheij iraní que observa Occidente con ironía coránica y rigor constitucional. Sus cartas, herederas del espíritu crítico de ambos pensadores, desvelan las falsas democracias donde el poder se disfraza de ley.


De Hammurabi a Wall Street: tres estampas de la decadencia oligárquica


Carta I: De cómo el usurero heredó la tierra sin ser noble o de la nueva aristocracia invisible que gobierna Occidente


A mi estimado amigo Mirza Hashem, en la sagrada Qom:


Ya te escribí desde Londres sobre las extrañas costumbres de estas gentes, pero hoy debo hablarte de algo más profundo que sus ritos cotidianos: he descubierto, casi por accidente, quién manda realmente aquí. Y no es la reina ni el Parlamento, sino una clase de señores que no lucen corona ni espada, sino corbata y hoja de cálculo.


Paseaba yo por la City, ese barrio donde se apiñan edificios de vidrio como si fueran mezquitas de una religión nueva, cuando un caballero inglés, culto y afable, me dijo: «Sheij, aquí ya no hay aristocracia terrateniente como en tiempos de Ricardo. Cualquiera puede comprar una casa». Al principio me alegré, pues recordé las palabras del Profeta —la paz sea con él— sobre la justicia en el acceso a la propiedad. Pero luego comprendí la trampa: para comprar esa casa, el hombre común debe endeudarse durante treinta años con un banco, y al final el banquero se lleva en intereses más de lo que el vendedor recibió por la vivienda. El señorío no ha desaparecido: se ha transmutado.


Mi interlocutor, un economista heterodoxo que ha dedicado su vida a estudiar estas mutaciones, me explicó que los fundadores del capitalismo industrial —Adam Smith, David Ricardo, John Stuart Mill— lucharon encarnizadamente contra los rentistas de su época: terratenientes que subían el precio del grano, monopolistas que estrangulaban el comercio y banqueros que drenaban la producción con intereses. Su ideal era un «mercado libre», sí, pero libre de rentas, no libre para los rentistas. Querían liberar el trabajo productivo del parásito que chupa sin dar. Y durante un siglo, esa fue la gran batalla: quebrar el poder de la aristocracia terrateniente para que la industria respirara.


Pero hoy, querido Mirza, la rueda ha girado. Las mismas clases que Ricardo quiso domeñar han comprado el gobierno, las universidades y hasta el lenguaje. Han rebautizado la usura como «servicios financieros» y a la renta del suelo como «producto interior bruto». En las estadísticas oficiales, los intereses que ahogan a las familias, las comisiones por demora en las tarjetas de crédito, los precios de monopolio que imponen los gigantes tecnológicos: todo eso se contabiliza como si fuera riqueza creada, no extraída. Y si algún economista osa llamarlo por su nombre —renta, ingreso no ganado—, es expulsado de los altares académicos. Los premios Nobel, me decía este sabio, se otorgan precisamente a quienes niegan que la renta económica exista. Como si nombraran médico mayor del reino a quien jurara que la peste es un mito.


Recordé entonces a Ibn Jaldún, que en su Muqaddima advirtió cómo las dinastías decaen cuando el lujo y la codicia sustituyen a la solidaridad tribal. Aquí la tribu es financiera. Las viejas leyes de Hammurabi, que todo rey mesopotámico promulgaba al subir al trono —cancelar deudas, liberar a los siervos, devolver las tierras—, se han invertido: hoy el gobernante que asume el poder bendice a los acreedores y carga al pueblo con más tributos disfrazados de servicios.


Occidente, que se proclama heredero de la libertad, ha encadenado a sus hijos con grilletes de deuda tan invisibles como eficaces. Y a eso lo llaman democracia. Lo asombroso es que lo creen sinceramente, como quien lleva tanto tiempo en una mazmorra que ha olvidado el sol.


Seguiré informándote, pues aún me queda por contarte cómo esta misma lógica ha envenenado el agua, los trenes y hasta la energía que calienta los hogares europeos.


Que la paz te guarde de toda usura,


Jeque Bahram ibn Rustam


Carta II: Del agua privatizada y el viento prohibido o cómo los bienes comunes se volvieron tributo imperial


A mi querido Mirza Hashem, que la misericordia del Altísimo te cubra:


En mi anterior carta te hablé de la nueva aristocracia invisible. Hoy debo añadir un corolario no menos perverso: la misma mano que encarece el pan con intereses ha decidido que el agua, el ferrocarril y hasta el viento deben tributar al nuevo orden.


Dejé Londres y viajé al continente. En Alemania contemplé los parques eólicos del Mar del Norte —esas esbeltas torres blancas que giran como derviches mecánicos— y recordé los badgir, nuestros captadores de viento persas, que durante siglos refrescaron las casas de Yazd sin otro coste que el ingenio humano. Pregunté a un ingeniero local si Europa apostaba por esa energía limpia y abundante. Sonrió con amargura y me dijo: «Depende. Si el viento compite con el petróleo americano, entonces es enemigo de la OTAN».


No exageraba. Mi amigo economista me había explicado que una de las mayores fuentes de renta en este siglo no son los campos de trigo, sino los yacimientos de gas y petróleo. Y Estados Unidos, incapaz ya de competir con China fabricando mercancías baratas, ha encontrado un sucedáneo de imperio: obligar a Europa a comprar su gas natural licuado, prohibiendo por decreto cualquier alternativa rusa, iraní o venezolana. El resultado es grotesco: el gas americano cuesta mucho más, encarece la industria europea y, de paso, ata políticamente a unos países que se dicen soberanos pero obedecen como sátrapas. Para justificarlo, se invoca la eterna amenaza rusa: «Defiéndete de Moscú comprándonos a nosotros», repite el procónsul de turno, y los europeos asienten como hipnotizados.


Pero hay más. La fiebre privatizadora —que Margaret Thatcher inició y los partidos que se llaman socialdemócratas continuaron con fervor de conversos— ha convertido los bienes comunes en pingües rentas privadas. El agua de Inglaterra pertenece a una compañía que, lejos de mejorar el servicio, sube tarifas mientras vierte aguas fecales a los ríos. Los ferrocarriles británicos, otrora orgullo victoriano, son un laberinto de precios altos y rutas canceladas. Los autobuses recortan líneas rurales porque «no son rentables». Todo aquello que el capitalismo industrial clásico —sí, aquel que leía a Ricardo y a Mill— consideraba infraestructura pública para abaratar los costes de la vida, ha sido entregado al mejor postor. Y el postor, cómo no, sube el precio.


La paradoja es sublime: Occidente predica el libre comercio pero impide a los europeos comprar energía barata; predica la eficiencia privada pero ofrece peores servicios a mayor precio; predica la democracia pero financia guerras para que Ucrania «luche hasta el último ucraniano» a fin de debilitar a Rusia, como confesó cínicamente cierto líder. Y mientras, el sabio chino, a quien injurian llamándolo autócrata, mantiene la energía, el agua y la sanidad como servicios públicos, financiando con crédito estatal los molinos de viento que Europa no se atreve a construir. ¿Quién es aquí el bárbaro y quién el civilizado?


El Profeta —sobre él la paz— dijo: «Los musulmanes participan de tres cosas: el agua, el pasto y el fuego». Eran bienes comunes, inapropiables, necesarios para la vida. Occidente olvidó esa sabiduría y ahora arde en el fuego de un monopolio, bebe agua privatizada y deja que el viento se lo lleve un oligopolio. Quizá por eso el Altísimo castigó a tantas naciones en el Corán: no por su pobreza, sino por su avaricia.


Te escribiré pronto sobre el colmo del delirio: cómo han falsificado la historia económica para que llamemos «progreso» a esta forma de suicidio.


Tu amigo que te añora,


Jeque Bahram ibn Rustam


Carta III: Del olvido voluntario de las viejas leyes o cómo la civilización que cancelaba deudas se volvió su verdugo


A mi apreciado Mirza Hashem, luz de mis conversaciones:


He reservado para esta carta la reflexión más inquietante de cuantas he recogido en mis viajes. Visité hace unos días el Museo Británico —ese inmenso almacén de despojos imperiales que los ingleses exhiben con orgullo— y me detuve ante las tablillas mesopotámicas. Allí, en caracteres cuneiformes, están grabados los edictos de los reyes de Sumer, Babilonia y Asiria. Cada nuevo monarca comenzaba su reinado con un andurārum: cancelaba las deudas, liberaba a los siervos y devolvía las tierras a quienes las habían perdido. La finalidad era transparente: si una oligarquía acumulaba toda la propiedad, el campesino libre desaparecía, y con él los impuestos, el ejército y la mano de obra para los canales. El rey que no lo hacía perdía el mandato del cielo.


Lo mismo hicieron los faraones egipcios, y la Torá lo codificó en el Levítico: cada cincuenta años, el jubileo restauraba la justicia original. Cuando Jesús —sobre él la paz— se levantó en la sinagoga de Nazaret y desenrolló el pergamino de Isaías, proclamó «el año de gracia del Señor», que no era otra cosa que la cancelación de las deudas. El cristianismo primitivo, me decía mi amigo economista, fue un movimiento de liberación económica antes de que Roma lo domesticara y lo convirtiera en religión imperial, mutilando su mensaje.


Pues bien, querido Mirza, Occidente ha hecho algo peor que olvidar estas leyes: las ha invertido, y ha construido una ciencia económica que niega incluso que el problema exista. Los teóricos de esta nueva fe —los utilitaristas ingleses, los premios Nobel del engaño— afirman que no hay diferencia entre precio y valor. Que si un banco cobra intereses de usura por una hipoteca, eso es un «servicio productivo». Que si un monopolio sube el precio de las medicinas, es «elección del consumidor». Todo el vocabulario económico se ha convertido en un artefacto para ocultar la transferencia de riqueza del trabajo a la renta. Y quien se atreve a decir que existe un sector «improductivo» que vive de chupar la sangre de la producción —como hicieron los fisiócratas, Smith, Ricardo y Marx— es inmediatamente tildado de enemigo de la libertad.


La libertad que ellos defienden, he comprendido al fin, es la libertad del zorro en el gallinero.


En este contexto, la guerra civilizatoria de la que tanto hablan no es entre democracia y autocracia. Es entre los países que aún practican la vieja sabiduría —China, Rusia, Irán, que mantienen la energía, el crédito y el suelo como servicios públicos— y el Occidente oligárquico que ha privatizado hasta la narrativa. China financia su industria con dinero público y mantiene los precios de los alimentos y la vivienda bajo control estatal; hace, en suma, lo que los economistas clásicos ingleses soñaron. Pero como lo hace un gobierno que no se somete a los mercados financieros de Wall Street, es declarado «autocrático». Yo, que vengo de una tierra donde el bazar y la mezquita dialogan desde hace milenios, os digo que hay más democracia sustantiva en un plato de arroz asequible que en todas las papeletas de voto que se imprimen en Europa.


Mi amigo economista, que ha dedicado su vida a desmontar esta farsa, me regaló una frase que llevo grabada: «Las civilizaciones caen porque olvidan la dinámica que las hizo grandes». La nuestra —la islámica— también tuvo sus ciclos, pero en sus momentos de esplendor supo que la acumulación sin límites es una enfermedad del cuerpo social. Occidente, que se creía inmune, está mostrando todos los síntomas. Y lo más trágico es que ni siquiera sabe leer las tablillas que guarda en sus vitrinas.


Te abrazo con afecto,


Jeque Bahram ibn Rustam


Las opiniones aquí expresadas pertenecen al personaje ficticio, no a sus autores reales ni al equipo editorial. La ironía es un puente, no un muro.


«El sabio no teme a los espejos rotos, sino a quienes creen poseerlos intactos» (inspirado en Hafez).

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