Segunda trilogía de cartas sobre economía

Estimado lector:
'Cartas persas' se publica en la revista del MCRC Diario de la República Constitucional, fundada por Antonio García-Trevijano, arquitecto de la teoría pura de la democracia. Inspirada en Montesquieu ―cuya separación de poderes Trevijano llamó «alma de la libertad»―, esta columna presenta a un sheij iraní que observa Occidente con ironía coránica y rigor constitucional. Sus cartas, herederas del espíritu crítico de ambos pensadores, desvelan las falsas democracias donde el poder se disfraza de ley.
El dogma de las urnas y el yugo de los usureros
Carta IV: De cómo el Papa bendijo al usurero y olvidó el Levítico o de la hipocresía de Occidente con la deuda
A mi venerado Mirza Hashem, que la luz del conocimiento te ilumine:
Paseaba yo el otro día ante una de esas catedrales góticas que los europeos levantan como súplicas de piedra, y recordé al profeta Jesús —sobre él la paz— expulsando a los mercaderes del templo. Luego entré y vi, en un lateral, a un sacerdote explicando a un grupo de turistas la historia de aquel edificio. Nadie expulsaba a nadie; al contrario, junto a la puerta se ofrecían indulgencias a cambio de un donativo. Entonces me asaltó una duda: ¿en qué momento esta religión, que nació anunciando la cancelación de las deudas, se convirtió en la gran patrocinadora de los acreedores? Mi amigo economista, que ha estudiado estos asuntos con paciencia de escriba, me lo explicó, y aún no salgo de mi asombro.
Resulta, querido Mirza, que fue la propia Iglesia romana la que creó la banca internacional. Los papas, carentes de ejércitos, necesitaban financiar sus guerras contra otros reinos cristianos. Para ello contaron con banqueros del norte de Italia y de Cahors, a los que bendecían mientras cobraban intereses. Ya en el siglo XI, Roma hizo un pacto con caudillos normandos: «Te legitimamos como rey si nos juras fidelidad y nos pagas tributo». Y así Guillermo el Conquistador se convirtió en rey de Inglaterra como vasallo del Papa. No fue una Cruzada contra el infiel: fue una cruzada financiera contra quienes se resistían al control de Roma. La usura, que las Escrituras condenaban sin matices, pasó a ser tolerada, bendecida y finalmente santificada. El Papa excomulgó incluso a los barones ingleses que se atrevieron a limitar el poder del rey para endeudarse. La Carta Magna, que los occidentales veneran como origen de sus libertades, fue recibida con anatemas de la misma Iglesia que hoy bendice a los banqueros.
Asombra esta inversión de los valores. El Levítico ordenaba el jubileo cada cincuenta años; el Deuteronomio prohibía prestar con interés al hermano. El cristianismo primitivo, como me recordaba mi amigo, fue un movimiento de liberación de la deuda. Pero la Iglesia imperial, necesitada de dinero para la guerra, prefirió aliarse con los cambistas. En el Islam, ya lo sabes, la riba —la usura, eso que en Occidente llaman «interés»— está prohibida de manera explícita. Nuestros juristas no distinguen entre interés moderado y usura: ambos son renta sin trabajo. En Occidente, sin embargo, se ha llegado al colmo de llamar «servicio financiero» al préstamo que esclaviza. Cristo dijo que no se puede servir a Dios y a Mammón. La Roma papal sirvió a ambos, y encima cobró comisión.
Te dejo, querido Mirza, con una pregunta que me ronda desde aquella visita a la catedral: si Occidente ha olvidado hasta su propia prohibición de la usura, ¿qué no habrá olvidado de las lecciones de la Antigüedad?
Que la paz te guarde,
Jeque Bahram ibn Rustam
Carta V: Del nacimiento del Estado fiscal y del recaudador que se sentó en el trono o de cómo la deuda pública se convirtió en el nuevo soberano
A mi apreciado Mirza Hashem, espejo de juristas y refugio de sabios:
He pasado varias tardes observando el Parlamento británico. Allí, un caballero con peluca repite fórmulas centenarias y los señores de los escaños discuten sobre impuestos y presupuestos. Pero uno se pregunta: ¿quién manda realmente en esa cámara? Porque los oradores cambian, los partidos se alternan, pero hay una voz que nunca calla: la de la deuda. He leído estos días a un economista heterodoxo que ha dedicado su vida a estudiar estas mutaciones, y su explicación, querido Mirza, lo aclara casi todo: el Estado moderno no nació de un pacto ciudadano, sino de un pacto fiscal con banqueros internacionales.
En la Antigüedad, la deuda de los gobernantes era asunto privado; no existía la deuda pública tal como hoy la conocemos. Fue en las ciudades-Estado italianas —Florencia, Venecia, Génova— y luego en la República Neerlandesa donde surgió el «Estado fiscal»: un gobierno que garantiza a sus acreedores que cobrarán antes que nadie. La diferencia es sutil pero terrible. Un rey medieval podía suspender pagos y empeñar sus joyas; una república de mercaderes, en cambio, se jactaba de poder gravar a todos sus ciudadanos para satisfacer a los prestamistas extranjeros. Nacía así una nueva forma de soberanía: la soberanía del acreedor.
Hoy, Occidente entero es un Estado fiscal. Los gobiernos ya no se endeudan para hacer la guerra, sino para sostener un sistema financiero que exige ser alimentado como un ídolo insaciable. Los ciudadanos votan, sí, pero su voto no cambia la política esencial: la deuda es sagrada. Ya advertía Sócrates en La República que el dinero es una adicción: quien lo acumula desea siempre más, y reduce al prójimo a dependencia. Por eso proponía un gobernante sin propiedades, libre de ese vicio. Occidente, en cambio, ha entronizado al adicto y le llama soberano. Cualquier gobernante que proponga cancelar la deuda, como hacían los reyes de Babilonia, es tachado de populista o de loco. Los economistas serios fruncen el ceño. Y mientras tanto, la deuda crece más rápido que la capacidad de pagarla, como ya advirtieron los antiguos. A nosotros, los musulmanes, nos enseñaron que el gobernante debe proteger al débil y evitar la concentración de riqueza en pocas manos. El Profeta —la paz sea con él— prohibió acaparar y ordenó la justicia en el trato. En Occidente, en cambio, se ha erigido un nuevo soberano invisible: el acreedor.
Te confieso, querido Mirza, que al salir del Parlamento miré las estatuas de los grandes estadistas y me parecieron marionetas de un teatro viejo. El verdadero poder no está en los escaños, sino en los sótanos donde se guardan los títulos de deuda. Y eso, amigo mío, no es democracia: es oligarquía con peluca.
Te abrazo con afecto,
Jeque Bahram ibn Rustam
Carta VI: Del dólar sin respaldo y del oro que huye en silencio o de cómo el emperador ya no paga sus deudas
A mi querido Mirza Hashem, atento a los signos de los tiempos:
Las noticias de este mes me han dejado perplejo. Leo en la prensa financiera que el oro sube sin freno, que los bancos centrales de Asia compran lingotes en secreto, y que el dólar, pese a su aparente fortaleza, es cada vez menos bienvenido. Un economista heterodoxo con quien he trabado cierta amistad en mis viajes me aseguró, con esa calma suya tan irritante: «Sheij, no se preocupe usted; es el final de una era». Y se quedó tan ancho. Porque lo que describe es, literalmente, el fin de un imperio que ya no puede sostener su deuda. Y no es una cuestión de maldad, sino de aritmética.
El cuarenta por ciento de los estadounidenses, según su propio banco central, no tiene ahorros. Vive de nómina en nómina, encadenado a esas finas láminas de plástico que llaman eufemísticamente tarjetas de crédito, pagando intereses del diecinueve al treinta por ciento. La deuda del consumidor se duplica cada tres años, mientras los salarios no crecen. La economía real se desangra: los ingresos van al servicio de la deuda, no a comprar bienes. La industria se deslocaliza. Y mientras tanto, la riqueza financiera se concentra en el diez por ciento más rico, que ya casi todo lo produce, consume y acapara. Es el viejo esquema Ponzi, pero con bandera.
A ello se suma la dimensión imperial. Estados Unidos ha convencido a Europa de que debe pagar más por su defensa, comprar su gas caro y someterse a sus aranceles. Trump exige a la OPEP un tributo por «protegerla». Irán responde con el estrecho de Ormuz. Y los países del Golfo, que ven cómo su petróleo es bloqueado, ya no se fían. El dólar, antaño refugio, empieza a ser visto como lo que es: un pagaré de un deudor que no piensa pagar. Los Estados compran oro porque el oro no es deuda de nadie. Es el único activo que no es, a la vez, promesa de un deudor.
Nuestro Ibn Jaldún, en su Muqaddima, explicó que las dinastías caen cuando el lujo y la deuda reemplazan a la producción y a la solidaridad. Eso lo vimos en Roma, en Bizancio y en tantos imperios que confundieron el esplendor financiero con la fortaleza real. El Occidente moderno, que se creía excepción, está repitiendo el guion. La historia, querido Mirza, no se repite: rima. Y la rima de esta época suena a oro cayendo en las arcas de los imperios que se preparan para lo que viene.
El Corán es explícito sobre quienes acumulan metal sin justicia: «Y a quienes atesoran el oro y la plata y no lo gastan en la causa de Dios, anúnciales un castigo doloroso» (9:34). Proclaman la libertad a los cuatro vientos, pero transigen con que organismos abstractos impongan disciplinas de austeridad espartana, desviando el pan de las familias hacia las arcas insaciables de los especuladores. Occidente atesora deuda y la llama riqueza; nosotros sabemos que el oro solo es metal, y que la justicia no cotiza en bolsa. Ya veremos cuál de los dos pesa más en la balanza.
Te saluda con afecto,
Jeque Bahram ibn Rustam
Las opiniones aquí expresadas pertenecen al personaje ficticio, no a sus autores reales ni al equipo editorial. La ironía es un puente, no un muro.
«El sabio no teme a los espejos rotos, sino a quienes creen poseerlos intactos» (inspirado en Hafez).
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