top of page
Copia de Diario (rectangular)_edited_edi

Mantener encendido el faro

hace 12 minutos
6 min de lectura

I. De los cuentos a las noticias


Las noticias han desplazado a los cuentos. Ya no se lee para conocer, ni se escucha para aprender, ni se profundiza para comprender. Se consume la actualidad, se comenta y se espera lo siguiente. Casi nadie lee ya; se ven vídeos de unos segundos, uno tras otro. La imaginación cede ante la imagen; el pensamiento, ante la información; la reflexión, ante la reacción inmediata. El cuento enseñaba despacio y se volvía a él; la noticia caduca en cuanto llega la siguiente.


Este desplazamiento hacia la inmediatez responde a una tendencia general que también puede condicionar las inercias de una organización cultural dedicada a difundir una teoría, transmitir el conocimiento que contiene y orientar la acción conforme a sus principios. La actualidad política, los acontecimientos institucionales y las propias vicisitudes internas pueden acabar ocupando el lugar del estudio y la transmisión de las ideas que dieron sentido a su existencia. Todo reclama atención, pero ¿cuánto tiempo dedicamos a estudiar la teoría, comprender lo que explica y transmitir ese conocimiento?


La actualidad atrae de inmediato y su presencia constante produce saturación informativa. La teoría, en cambio, exige esfuerzo, hábito y disciplina intelectual. La primera arrastra a un bucle de noticias, comentarios y reacciones; la segunda requiere tiempo y atención sostenida para ser estudiada y comprendida, justo lo que nos quita un mundo plagado de distracciones. Solo ese esfuerzo transforma la información en conocimiento. Quien confunde ambas cosas corre el riesgo de hablar incesantemente de política sin contribuir a comprender la ciencia del poder ni la necesidad de conquistar la libertad política colectiva.


El MCRC no puede medir su actividad por la cantidad de noticias que comenta, sino por el conocimiento que despierta y difunde. Las noticias deben servir para contrastar la realidad con la teoría, no para sustituirla. Una reforma constitucional pactada entre partidos, por ejemplo, es ocasión para preguntar si respeta la separación de poderes en origen. Si no la respeta, la teoría explica por qué. Los acontecimientos pasan; el conocimiento permanece y permite interpretar los que vendrán. La actualidad convierte a la sociedad en espectadora de lo que sucede; el conocimiento la prepara para actuar.


La próxima convocatoria electoral pondrá esto a prueba. Habrá campaña, y con ella una avalancha de noticias: encuestas, pactos, programas, declaraciones. Se pueden pasar semanas comentándolo todo sin llegar a explicar nada. La tarea del MCRC no es seguir el ritmo de la campaña, sino desarrollar la suya: la de la abstención activa.


«Yo no voto». «Rompe el voto». Dos frases cortas que contienen una teoría entera: votar listas de partidos no es elegir representantes, sino legitimar un Estado de partidos que ha decidido de antemano quién ocupa cada escaño; negarse a hacerlo es el primer acto de la libertad política colectiva. Así, la actualidad deja de ser objeto de comentario y se convierte en ocasión para transmitir conocimiento: cada noticia electoral es una oportunidad para explicar por qué no se vota. No se trata de sumar abstenciones, sino de abrir otro horizonte.


La libertad política colectiva no nace de comentar la actualidad, sino de comprender la necesidad de conquistarla y convertir esa comprensión en conciencia y acción ciudadanas.

  

II. La república constitucional. Un cuento


Había una vez un país donde todas las plazas parecían iguales. Las mismas fuentes de información, los mismos bancos del dinero y las mismas ventanas al mundo. Los vecinos iban de aquí para allá sin notar diferencias. Con una venda en los ojos, no podían ver a nadie. Todo era plano: no había dónde orientarse ni camino que hallar. Quien vive confundido acaba creyendo que no hay camino.

Cada cierto tiempo sonaba una campana y la gente acudía a votar. Allí la esperaban papeletas con listas de nombres: los empleados del Gran Jefe. Y en la puerta, tres fantasmas muy educados: el Deber de Votar, el Voto Útil y el Mal Menor. Con su hechizo convertían un derecho en un deber, y el deber en miedo.


Una primavera, unos cuantos no fueron a votar. No hicieron ruido ni rompieron nada: se quedaron en casa, se quitaron la venda y empezaron a verse unos a otros. Pronunciaron una frase muy corta, «Yo no voto», y descubrieron que ese gesto cortaba el suministro que alimentaba al Gran Jefe. Los fantasmas, sin nadie a quien engañar, empezaron a volverse transparentes. Las ventanas seguían encendidas, pero ya no había nadie dentro.


Aquella gente no era mejor que las demás, pero había aprendido a ser decente de un modo concreto: escuchaba al que sabe, decía lo que pensaba y cumplía su palabra aunque costara. Los había de todas las clases y condiciones: la maestra entendía a los niños, el zapatero conocía el límite de lo posible, la ingeniera sabía cómo se sostiene lo que se construye, el bombero se enfrentaba al peligro, el abogado defendía los derechos, el informático ordenaba lo caótico, el economista distribuía los recursos y el artista daba relieve a lo plano. Cada uno aportaba lo suyo. El científico dudaba de lo que parecía evidente; el historiador recordaba lo que el Gran Jefe quería que se olvidara; el poeta ponía nombre a lo que todos sentían y nadie decía. Nadie veía todo por sí solo, pero juntos se ayudaban a ver cada vez mejor la realidad. Y cuando el miedo volvía, alguien tenía la valentía de hablar primero, y eso era contagioso: de una persona pasaba a una calle entera.


Nadie sabía cuándo llegaría la hora. Una anciana que había guardado un candil toda su vida repetía: «lo importante es que esté encendido cuando haga falta».


Llegó sin avisar. Una carambola, una picadura de mosquito, y las ventanas se apagaron. Al principio hubo desconcierto. Algunos esperaron a que volvieran a encenderse; otros buscaron en la oscuridad una voz que les dijera qué hacer. Pasaron las horas y no llegó ninguna orden. El Gran Jefe había desaparecido, pero nadie sabía todavía si con él había desaparecido también el hechizo.


Entonces vinieron quienes no tenían nada que ganar. No para mandar, ni para decidir por los demás, sino para custodiar sin prisa la imparcialidad de la casa vacía, cuidar la libertad del proceso y convocar a todos sin distinción. Por primera vez, el vacío no fue una amenaza que hubiera que llenar, sino un espacio que había que preservar hasta que la sociedad pudiera decidir.


La sociedad, consultada, eligió la opción creadora: la república constitucional. Volvieron a sonar las campanas, pero esta vez fueron dos: una sonó un día y la otra, al siguiente.


La primera llamó a elegir a los representantes. La nación se dividió en pequeños distritos, mónadas electorales, y en cada uno los vecinos eligieron a una sola persona que los representara. Si ningún candidato lograba la mayoría absoluta, los dos más votados pasaban a una segunda vuelta, y en ella se resolvía la elección del diputado. El otro candidato quedaba como suplente y se abría una oficina de puertas abiertas para que los vecinos del distrito pudieran expresarse. Si el representante no cumplía lo prometido, los vecinos lo revocaban y el suplente ocupaba su lugar al día siguiente. Todas y cada una de las mónadas formaron juntas la Asamblea de la Nación.


La segunda campana llamó a elegir al presidente de todos. Fueron convocados todos los electores de la nación: la primera vuelta clasificaba y la segunda decidía.


Presidente y Asamblea salieron de urnas distintas, y ninguno debía su cargo al otro. Si el presidente disolvía la Asamblea, se disolvía a sí mismo en el mismo acto, y viceversa. Los profesionales del mundo del derecho eligieron a su presidente, que nombró un Consejo encargado de gobernar la judicatura de forma autónoma y sin injerencia del poder político.


Aquella noche, en la plaza que ahora tenía una fuente de agua clara en su centro, la anciana puso el candil en el punto fijo para iluminarlos a todos. Los vecinos vieron lo que el hechizo les había ocultado: sin un eje no hay orientación, pero con él nace un mundo. La libertad no se proclama: se instituye, y se sostiene mientras haya quien la comprenda.


Las noticias de aquel día se olvidaron pronto, porque los acontecimientos pasan. El cuento no pasa: vuelve. Los vecinos se lo contaron a sus hijos junto a la fuente, y cada vez que alguien lo contaba, empezaba igual:


—Había una vez un país donde todas las plazas parecían iguales…

Comentarios

Obtuvo 0 de 5 estrellas.
Aún no hay calificaciones

Agrega una calificación
bottom of page