Legalidad y legitimidad

Todo régimen de poder tiene su sustento en dos aspectos fundamentales: la legalidad, es decir, el marco jurídico existente; y la legitimidad, esto es, el apoyo que se le otorga, en este caso, vía refrendo de las listas de los partidos del Estado monárquico y de las autonomías.
Cuando se dice comúnmente que vivimos en un «Estado de derecho», frase repetida como consigna por tertulianos y afines a los partidos, ha de saberse que se incurre en una tautología: todo Estado, en tanto que posee un ordenamiento jurídico, es de derecho.
Se confunde con demasiada frecuencia la forma de Estado con la forma de gobierno, del mismo modo que se desconoce la diferencia entre Estado y nación, o entre el poder ejecutivo y el legislativo. Estas lagunas conceptuales hacen que muchas personas, por desconocimiento de lo político, ratifiquen y otorguen legitimidad a un sistema político en el que no existe democracia formal como regla de juego.
Conviene precisar, para evitar equívocos, que la forma de Estado en España es la monarquía, mientras que la forma de gobierno es la oligarquía de partidos (o partidocracia). La monarquía fue impuesta tras el plebiscito sobre la Ley de Sucesión en la Jefatura del Estado, celebrado el 6 de julio de 1947, en el que se llamó a las urnas a los españoles y en el que, por cierto, se criminalizaba y condenaba toda propaganda a favor de la abstención.
La persona que vota, por tanto, legitima la forma de Estado monárquica y la forma de gobierno partidocrática. Este régimen impide la libertad política colectiva porque los poderes no están separados en su origen (aunque exista una mera separación de funciones). Asimismo, imposibilita —sea por acción consciente o inconsciente— la representación política del elector ante el Estado.
Con el voto se frena la posibilidad de conquistar la libertad política colectiva que nos permita, algún día, fundar la democracia formal como forma de gobierno y establecer la república como forma de Estado, dando lugar a una república constitucional que garantice la separación de poderes y la representación política.
La abstención consciente, como la que propugnamos en el Movimiento de Ciudadanos hacia la República Constitucional (MCRC), es moralmente válida porque busca deslegitimar al régimen mediante la acción política e intelectual (escritos, charlas o vídeos). Por su parte, la abstención no consciente también es liberadora, pues quien se abstiene —sea cual sea su razón— ha asumido que no tiene el deber moral de acudir a las urnas y, de facto, tampoco contribuye con su voto a legitimar el régimen.
En suma, queridos connacionales, apelo a la abstención no como un fin en sí mismo, sino como la única vía pacífica que tenemos para provocar un período de libertad constituyente. Solo así podremos darnos aquello que se nos ha negado: la potestad de elegir la forma de Estado y de gobierno que deseamos.
Si votas, ratificas el sistema y legitimas la partidocracia en su conjunto, aunque votes en blanco, a un partido minoritario o emitas un voto nulo, porque tu voto alimenta la legitimidad del régimen. Si te abstienes, no solo te liberas en conciencia de ese falso deber moral, sino que contribuyes a crear una hegemonía cultural mediante la difusión de argumentos sólidos que permitan comprender el porqué de la abstención.
Estimados connacionales, apelo a vuestra valentía para absteneros de votar y no convalidar ni legitimar con vuestro voto el régimen el 78.
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La abstención, además de lo excelentemente expuesto, es en sí misma un fin, cuyos efectos catárticos son sorprendentes.
¡Muchas gracias!
Sí señor. Razones y argumentos.
Muy bien expresado. Creo que explica de forma muy clara y concreta la razón de la abstención. Enhorabuena
Fabuloso D. Heliodoro. 👏🏻👏🏻👏🏻