La libertad no tiene edad, tiene principios

Hubo un tiempo en que la política pretendía justificarse por la razón. Después, quiso legitimarse mediante la Historia. Más tarde, apeló a la igualdad, al progreso, a la solidaridad o al cambio. Hoy, agotadas todas esas palabras por el abuso propagandístico, el Estado de partidos ha encontrado un nuevo ídolo: la juventud.
No importa lo que piense un hombre. No importa la verdad de sus ideas, la calidad de su juicio ni la experiencia que haya adquirido en el estudio de la realidad política. Lo decisivo es que sea joven. La edad ha sustituido al pensamiento. El calendario ha reemplazado al criterio.
La juventud es una condición biológica, no una categoría política. Del mismo modo que nadie es más sabio por ser alto ni más virtuoso por tener los ojos azules, nadie adquiere autoridad política por el mero hecho de haber nacido hace treinta años en lugar de hace sesenta. Convertir la edad en un título de legitimidad constituye una forma de biologismo incompatible con la razón política.
García-Trevijano comentaba que en la época contemporánea nadie debía escribir sobre política antes de los cuarenta años, no así para la ficción o la poesía por la propia viveza de los sentidos. Enseñaba como la Historia demuestra, además, que la exaltación política de la juventud nunca ha sido patrimonio de una sola ideología.
Todos los movimientos de masas han comprendido el extraordinario valor propagandístico de asociar el porvenir con la juventud. En efecto, los totalitarismos del siglo XX hicieron de ella uno de sus principales instrumentos de movilización. El régimen nazi edificó las Juventudes Hitlerianas; el fascismo italiano organizó la Opera Nazionale Balilla; el comunismo soviético convirtió al Komsomol en escuela de cuadros del Partido. Más tarde, los Jemeres Rojos llevaron esa lógica hasta uno de sus extremos más atroces: desconfiaban de los adultos precisamente porque conservaban memoria, experiencia y vínculos sociales anteriores a la revolución. La juventud, más fácilmente moldeable, fue convertida en brazo ejecutor del terror.
No es casualidad. Todo poder que aspire a rehacer la sociedad desde sus cimientos necesita antes destruir la autoridad de la experiencia. Pero sería un error creer que esta instrumentalización desapareció con los totalitarismos. En la España del Estado de partidos, todas las organizaciones han mantenido sus respectivas juventudes: Juventudes Socialistas, Nuevas Generaciones del Partido Popular, las juventudes comunistas, las organizaciones juveniles de los partidos nacionalistas e incluso Fuerza Joven, vinculada a Fuerza Nueva. Los colores cambian, los himnos cambian y las consignas cambian; el mecanismo psicológico permanece intacto.
Las llamadas «organizaciones juveniles» no nacen para favorecer el juicio independiente, sino para incorporar precozmente al individuo a la estructura mental del partido. Antes de aprender a pensar, el joven aprende a obedecer. Antes de conocer la realidad política, aprende el lenguaje de la propaganda. La organización sustituye a la conciencia.
La obsesión por la juventud, sin embargo, no es sino una manifestación contemporánea de una superstición mucho más antigua: el culto a la novedad. De la misma forma, intelectualmente es más fácil deformar desde cero, olvidando lo andado.
Europa ya conoció las consecuencias de esa superstición en uno de los momentos decisivos de su historia. En el siglo XVIII coexistieron dos concepciones radicalmente distintas de la libertad política. Montesquieu había descubierto el secreto institucional de la libertad: la separación de poderes, el equilibrio entre órganos del Estado y la necesidad de impedir que el poder pudiera concentrarse en una sola voluntad. Su preocupación no era quién gobernaba, sino cómo impedir que cualquiera pudiera gobernarlo todo.
Frente a él apareció Rousseau, cuyo lenguaje sedujo a una generación entera. La voluntad general, la regeneración del hombre, el comienzo de una nueva era y la promesa de rehacer la sociedad desde sus cimientos poseían el atractivo irresistible de todo lo que se presenta como nuevo. Montesquieu era lo viejo, lo antiguo; Rousseau representaba el futuro. Y, una vez más, triunfó la biografía sobre la razón.
No venció la teoría que mejor protegía la libertad, sino la que despertaba mayor entusiasmo. El equilibrio institucional quedaba como un residuo del Antiguo Régimen. La juventud intelectual abrazó a Rousseau porque ofrecía la embriaguez del porvenir, mientras despreciaba a Montesquieu precisamente porque parecía pertenecer a ideas y métodos obsoletos. Las consecuencias fueron devastadoras.
Allí donde Montesquieu había concebido instituciones destinadas a impedir el despotismo, el rousseaunismo abrió la puerta a la concentración ilimitada del poder en nombre de la voluntad general. Cuando desaparecen los contrapesos institucionales, la libertad deja de depender de las leyes para depender de quienes dicen interpretar la voluntad del pueblo. Sieyès pensó lo anticuado de que el diputado del distrito representara solo al distrito, lo moderno era que representara a la nación.
Desde entonces, la política europea arrastra una enfermedad recurrente: confundir lo nuevo con lo verdadero. Como si la cronología otorgara razón. Como si toda novedad implicara progreso. Como si las instituciones dejaran de ser válidas simplemente porque han envejecido. Leibholz vio la democracia representativa tras la Segunda Guerra Mundial como algo superado por la moderna integración de masas en el Estado a través de partidos estatalizados. Nacía la partidocracia. La gran tragedia de la política moderna comenzó cuando Europa prefirió el brillo de la novedad a la arquitectura de la libertad. Desde entonces, cada generación ha vuelto a cometer el mismo error: creer que la edad, o lo nuevo, pueden sustituir a la razón.
La idolatría contemporánea de la juventud participa exactamente de esa misma lógica. Antes se despreciaban las ideas porque parecían antiguas; ahora se desprecia a estas y a quienes las sostienen porque tienen demasiados años. En ambos casos el criterio deja de ser la verdad para convertirse en una cuestión biográfica.
Por eso, el Estado de partidos insiste obsesivamente en la «renovación generacional». No busca inteligencia; busca renovación de cuadros. No pretende incorporar pensamiento nuevo; pretende asegurar la continuidad del aparato mediante dirigentes cuya principal virtud consiste en haber sido socializados desde la adolescencia dentro de la organización.
La propaganda moderna ya no vende programas. Vende emociones. Tampoco vende ideas. Difunde imágenes en YouTube. El comunicador debe parecer cercano, dinámico, espontáneo, moderno. Debe hablar el lenguaje de las redes sociales y transmitir la ilusión de representar un tiempo nuevo, aunque reproduzca exactamente las mismas estructuras oligárquicas que sus predecesores, aun negándolas. La juventud funciona entonces como una marca comercial. Se comercializa el cuerpo para ocultar la ausencia de pensamiento.
La obsesión contemporánea por la juventud, sin embargo, no nace del amor a los jóvenes. Nace del desprecio hacia la inteligencia, y de la arrogancia. Una sociedad verdaderamente libre jamás preguntaría primero la edad de quien habla. Preguntaría por la verdad de lo que dice. No existen ideas jóvenes ni ideas viejas. Existen ideas verdaderas e ideas falsas. Cuando la edad se convierte en un argumento, ya ha renunciado al pensamiento. Y cuando el poder convierte la juventud en un mérito político, no está ensalzando a los jóvenes: está degradando la política hasta convertirla en una cuestión de apariencia.
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Hay una exigencia moral en todas las conciencias de los contribuyentes europeos,por lo que son reprobables los arribistas personales,sociales y políticos.La finalidad de la democracia es la garantía institucional de la libertad.Los contribuyentes decentes tienen que civilizar a los Partidos políticos,retirándolos del Estado.En lugar de Partidos Estatales,Partidos de la Sociedad;en lugar de Legos,Cultos;en lugar de Servidumbre,LIBERTAD.
Gracias Pedro y MCRC