top of page
Copia de Diario (rectangular)_edited_edi

La abstención es acción política

hace 8 horas
3 min de lectura


Y… ¿para qué sirve no votar? Me preguntó un amigo hace pocos días. La respuesta no se me antoja muy compleja, aunque se puede —y se debe— fundamentar con criterio político para conocer su alcance.

 

Vivimos en un mundo en el que cualquier futilidad se torna acontecimiento histórico y la ansiedad producida en el ciudadano por la sobreabundancia de información provoca amnesia colectiva —recordemos la idea expresada por Noam Chomsky, cuando afirmaba que el exceso de información no genera conocimiento, sino desinformación—. Así, hechos gravísimos ocurridos pocos meses atrás quedan solapados en nuestra memoria ante esa cascada interminable de noticias que nos atropella cada día con la inmediatez, casi pornográfica, que nos imponen los medios de comunicación —«medios de cretinización de masas», en palabras de Juan Manuel de Prada—.

 

Las declaraciones explosivas de tal o cual portavoz de los partidos incrustados como garrapatas en la piel del Estado ocupan portadas y tertulias, mientras el común acude a los medios afines a su ideología para no verse refutado ni siquiera por la realidad, que ante cualquier catecismo político se nos muestra inútil. El pensamiento, la figura del intelectual que pudiera poner en cuestión cualquiera de los principios del régimen, ha desaparecido de nuestras pantallas hace ya muchos años, dejando paso franco a la propaganda sistémica y la chabacanería idiotizante. Una de las fatales consecuencias de este orden protervo es la impostura de la absurda libertad de expresión que ha ocupado el lugar que corresponde a la libertad de pensamiento.

 

La testosterona del vacuo e ineficaz activismo incendia las calles para salvarnos de no sabemos qué cosas, ante el espanto de unos y el aplauso de las confundidas mesnadas de los otros. Pero ni los unos ni los otros quieren mover ni una sola piedra de los cimientos de un régimen de poder que convierte a los más estúpidos en gobernantes o en aspirantes a serlo. El activismo, revestido de falsa radicalidad, es absorbido por los partidos de Estado con toda naturalidad, integrando en sus listas a los más avisados.

 

Este régimen, del que todos se benefician y del que todos salen siendo millonarios, también deja muertos, muchos muertos, como triste e impotentemente estamos viendo. Y estos son utilizados con total desparpajo por las facciones estatales que llamamos partidos políticos.

 

La corrupción moral de la monarquía de partidos española, lo que sí produce democráticamente es frustración y servidumbre voluntaria a partes iguales, pues la materia gobernada, confundida y aun intuyendo el fraude, la decadencia y el escarnio, acude a las urnas con docilidad lanar a votar en contra del partido de turno, a sabiendas de que su voto va a ser, de nuevo, mercadería barata en las manos del nuevo o viejo oligarca que salga del pucherazo electoral que es, intrínsecamente, el régimen.

 

La simple observación de estos hechos nos habría de sugerir la primera razón para defender la abstención: la decencia pública y la dignidad individual de no participar en semejante trapacería. Las cifras recurrentes de los porcentajes de abstención electoral se sitúan en torno al treinta por ciento y, en este espectro, coexisten diferentes tipos de abstencionistas: el aburrido, el frustrado que ya no puede creer en nada, el nihilista o el que duda. Pero también nos incluimos en ese porcentaje los que tenemos intencionalidad política. Esta intencionalidad consiste, entre otras cosas, en dotar de sólidos argumentos políticos al aburrido, al frustrado, al nihilista y al dudoso.

 

La abstención política, consciente y activa, convierte al abstencionista en abstencionario, y este no busca ni defiende reformas: persigue la ruptura pacífica y democrática de un régimen sin control al poder, sin control ciudadano de los dineros y recursos públicos, sin separación de los poderes del Estado y sin independencia judicial, donde el natural sujeto político, que es el ciudadano, ha sido desposeído de esta facultad en favor de los partidos, hurtándole además la representación, que recae sin ningún pudor en los empleados de los partidos, a los que eufemísticamente llaman diputados y que únicamente representan la voluntad del caudillo que escribió sus nombres en una lista.

 

La segunda y más importante razón es el efecto devastador que puede llegar a producir la abstención como arma de acción política. Sin fuego en las calles, sin algaradas, solo ciudadanos pacíficos, pero hartos de tanto latrocinio y tanto crimen de Estado en sus diferentes formas, negándose a ser cómplices de esa jet set de gobernantes salidos de pactos inconfesables en las trastiendas de las sedes partidarias. La abstención es hoy, más que nunca, acción política. Tan eficaz como necesaria para deshacerse de esta plaga de malos e irresponsables gobernantes engendrados por un régimen nacido con el pecado original de la corrupción.

2 comentarios

Obtuvo 0 de 5 estrellas.
Aún no hay calificaciones

Agrega una calificación
Daniel Prieto
hace 3 horas
Obtuvo 5 de 5 estrellas.

Llegará el día en que no será necesario explicarlo. Ese día la Libertad se abrirá camino. Un pequeño apunte. El único sujeto político es el Estado. Un saludo.

Me gusta
Marcelino Merino
hace 11 minutos
Contestando a

Cuando hay pugna política entre los miembros de una oligarquía, son los miembros de esa oligarquía, el sujeto político.

Me gusta
bottom of page