El átomo de la política

De las hénadas de partido a las mónadas republicanas
«La nobleza de las ideas se comunica a las de sus portadores. Dejan de ser personales. Otros las piensan, las sienten y ya son sus ideas» (Antonio García-Trevijano, respuesta a Fernando, Blog AGT, 25 de junio de 2006).
Lo que hoy se llama filosofía política es siempre ideología. Desde la Antigüedad, la política se ha estudiado como filosofía. Implica una concepción del mundo, no una ciencia.
Filosofía política fue la de Platón y Aristóteles. Maquiavelo y Montesquieu describieron la realidad: son sociólogos de la política. Durante siglos, la política se estudió como arte de la prudencia. Una actividad científica no puede ser ideológica ni un arte.
Hoy solo puede conocerse la política como ciencia del poder, y su objeto es exclusivamente el poder. Quien le añade otra cosa la enmascara por razones ideológicas. Desnudar el poder no es ideología: es describir lo que se ve, lo que se toca y lo que se mide.
Tal y como se concibe, la política no puede ser una ciencia, ni la economía tampoco. Una ciencia necesita predecir: explicar los fenómenos y establecer relaciones que permitan anticipar sus consecuencias. Para ello, requiere identificar la unidad fundamental con la que construir su conocimiento. La física la encontró en el átomo; la biología, en la célula. La política buscó su unidad: Aristóteles la puso en la familia y la Revolución Francesa, en el individuo.
La política podrá explicar lo general cuando cuente con el azar. El determinismo permite explicar las regularidades generales; el azar introduce la contingencia en los acontecimientos particulares y en lo imprevisto. La realidad política es tanto más azarosa e imprevisible cuanto más particular.
Un régimen que descansa en causas particulares —la voluntad de un dictador o el consenso de unos oligarcas— puede caer por una circunstancia fortuita: si el azar de una batalla arruina un Estado, es que una causa general lo condenaba ya. No tenía en la libertad política un fundamento capaz de garantizar su continuidad.
Una forma de Estado nacida de la libertad política actuando sobre la materia social deja a salvo, en cambio, la continuidad de la sociedad en el Estado. El azar puede cambiar un gobierno, pero no romper esa continuidad.
Cada época ha identificado a su manera el sujeto de la política: el clan, la familia, los reyes, los héroes, los individuos, las clases, las naciones y, desde la Guerra Fría, los partidos estatales. Hoy día, solo ellos ejercen la acción política institucional, y a los gobernados solo nos queda legitimarlos mediante el voto.
Los partidos y las autonomías son hénadas: unidades completas en sí mismas, como los dioses del Olimpo, más allá del bien y de la inteligencia. Su corrupción no es moral sino connatural: nace de su matriz, la monarquía, y del sistema proporcional de listas que las produce. El Estado que levantan es uno, uniforme y cerrado, frente a una sociedad civil plural y abierta, y de ese desajuste nace la ilegitimidad de los poderes.
La mónada republicana es a la política lo que el átomo a la física y la célula a la biología, con una diferencia: contiene en acto la pluralidad, como un microcosmos que refleja el todo. Una mónada es un distrito de aproximadamente cien mil habitantes; reúne las fuerzas sociales y culturales del pequeño país. Es el lugar donde confluyen las afinidades de la vecindad, y nada social más pequeño resulta operativo para la acción política. Cada mónada difiere de las demás en el peso relativo de sus fuerzas, pero todas contienen la misma pluralidad. La nación no es la suma de sus mónadas, sino el resultado de su unión.
El diputado representa a su distrito y no a una nación abstracta. Todo mandato civil es imperativo y revocable. La Asamblea Nacional es la unión de todos los distritos, y el presidente se elige directamente en un distrito nacional único. Se equilibran porque cada uno puede deponer al otro a costa de caer con él: la Asamblea que destituye al presidente se disuelve, y el presidente que disuelve la Asamblea dimite.
Todo este armazón —distrito, mandato, equilibrio— responde a una sola pregunta: cómo se organiza la libertad política, la facultad de una sociedad de decidir quién la gobierna y de qué manera. Nada más le corresponde a la política. Por eso, la mónada no promete justicia ni felicidad: promete que el poder deje de ser asunto de otros. Eso es una república. Y hoy, decir república o decir democracia es lo mismo, porque donde deciden los partidos hay Estado de partidos, no democracia.
La libertad, por un lado, y la igualdad y la fraternidad, por otro, llevan desde 1789 en el mismo saco, siendo dos campos distintos que debieran estar separados. La libertad es una cuestión política; la igualdad y la fraternidad pertenecen a otro orden, moral o religioso. La Revolución, que tomó al individuo por unidad, quiso además que la política produjera iguales y hermanos: que la fraternidad, fundamento de la ética, volviera a unir la moral con la política. Cargada con ese peso, la libertad se convirtió en promesa de salvación. Resuelto el problema de la libertad política se abre, en cambio, el campo donde pueden superarse los conflictos sociales; nunca al revés.
De esa confusión nacieron las ideologías, que sustituyeron la razón por la fe. Surgidas del conflicto social, ofrecieron a cada bando la creencia en su propio triunfo. Hoy todavía ondean sus jirones ya descoloridos. Los partidos, concebidos como medios de liberación, se han convertido en fines en sí mismos y no pueden resolver el problema político, que es la servidumbre voluntaria, porque son quienes la renuevan.
El problema tiene solución, como la tiene todo problema bien planteado. Lo insoluble son los problemas que las ideologías construyen y alimentan. Y en política, la acción forma parte de la teoría que la resuelve. Debe ser pacífica, colectiva e intelectual, y actuar donde la servidumbre se renueva: elecciones, centros de enseñanza, medios de comunicación, etc. Entre la formulación de esta teoría pura y su realización práctica media la distancia que separa la ciencia pura de la aplicada, sin que ambas dejen de formar parte de un mismo conocimiento.
«La verdad descubierta solo puede ser pensada creyendo en la acción que la realiza» (Antonio García-Trevijano, «Solución = Acción», Blog AGT, 11 de septiembre de 2006).
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Enhorabuena.