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El baile de sombras

hace 13 horas
5 min de lectura

Pedro Sánchez ha convocado elecciones generales para el próximo 29 de noviembre. La decisión llega después de que el Congreso rechazara los dos decretos de vivienda impulsados por el Gobierno, con los votos en contra de PP, Vox, UPN y Junts. La cuestión de la vivienda, que en las últimas semanas había ocupado el centro del debate político y social, queda así entrelazada con la convocatoria electoral.


Y, una vez más, cambia el escenario. Lo que hasta ayer era un debate sobre cómo afrontar la crisis de la vivienda pasa ahora a formar parte de una batalla electoral en la que cada facción tratará de obtener el mayor rédito posible.


Nos lanzamos al enfrentamiento entre nosotros por unas medidas u otras, bailando el agua a las distintas facciones estatales de los partidos, que esperan sacar rédito de ello, sin darnos cuenta de que los gobernados no tenemos verdadero poder político sobre quienes toman estas decisiones.


Los intereses del político profesional están estructuralmente separados de los intereses de los gobernados. Aun así, esperamos que actúe conforme a los nuestros. Si sus intereses coinciden con los de los gobernados será por azar, y no porque el régimen procure institucionalmente que así sea.


La agenda de lo que importa y lo que deja de importar viene marcada desde arriba. Hacen saltar nuestra atención de una cuestión a otra sin haber solucionado la anterior, mientras nosotros seguimos discutiendo sobre ellas sin capacidad real de decidir.


Ya no importa Ceuta o la acampada de la Puerta del Sol, centrémonos en las elecciones. Escoja su posición. Está permitido denigrar al adversario. Pero ninguna de las facciones representa realmente a los gobernados.


Es una farsa teatral continua en la que se empalma una función con otra incluso antes de que haya terminado la anterior.


La caverna


En esta caverna de Platón, los partidos políticos y los medios de comunicación generan las sombras que los gobernados tomamos como realidad.


Nos preguntamos incesantemente por las sombras, sin saber ni cuestionarnos qué es aquello que las genera. No es que los problemas sean falsos: por ejemplo, la vivienda, su precio y los intereses enfrentados en torno a ella son evidentemente reales. Lo falso es el juego político en el que se nos hace creer que enfrentarnos por las soluciones equivale a decidir sobre ellas.


Y absortos en ese enfrentamiento, los gobernados dejan de advertir una paradoja: cuanto más vehemente es el debate, cuanto más se atrincheran frente al adversario, más fácilmente olvidan que ninguno de ellos está decidiendo realmente sobre aquello por lo que se enfrentan. La indignación contra una facción termina alimentando a las demás. Cada una necesita de las otras para movilizar, enfrentar y mantener a los gobernados dentro del juego.


Cada cual es capaz de trazar un mapa minucioso de las corruptelas, contradicciones e incompetencias del adversario, pero rara vez extiende ese mismo mapa hasta la facción a la que apoya. Así, la rabia que se cree dirigida contra el sistema termina nutriendo y engrasando la rueda de los partidos estatales.


El debate queda viciado desde el principio cuando quienes lo dirigen son las mismas facciones estatales que después decidirán, negociarán y ejecutarán las medidas, mientras los gobernados permanecen reducidos a espectadores que eligen una sombra frente a otra.


Por eso, resulta trágico enredarnos en acalorados debates sobre asuntos cruciales de nuestras vidas, llegando incluso al enfrentamiento y a la violencia en determinadas circunstancias. Mientras tanto, carecemos de capacidad política para decidir sobre aquello por lo que nos enfrentamos.


Discutimos dentro de un marco previamente establecido por quienes tienen el poder, y sin disponer nosotros de la capacidad necesaria para resolver lo discutido.


El mecanismo


Así, tenemos a políticos que no están ligados a los gobernados por una relación de representación, sino por una relación jerárquica dentro de los aparatos de sus partidos. El político depende del partido que confecciona las listas y condiciona su carrera, no de unos electores concretos ante los que deba responder.


A esto se suma la ausencia de una verdadera separación de poderes. Los partidos ocupan las instituciones, y quienes deberían controlar al poder dependen de las mismas estructuras que lo ejercen.


Y cuando no existe representación efectiva ni separación de poderes, ¿qué responsabilidad política puede exigirse?


Antes de preguntarnos qué medidas tomar en un asunto determinado, deberíamos preguntarnos quién decidirá esas medidas, de qué forma y bajo qué control.


Si todo ello puede cambiarse de un día para otro sin consecuencias políticas para quienes lo deciden, ¿de qué sirve nuestro debate?


Y queda todavía otra cuestión: ¿quién tiene acceso a quienes deciden?


Grandes empresas, grupos económicos, lobbies y poderes foráneos disponen de recursos, organización y acceso al poder que el ciudadano individual difícilmente puede igualar. Pero el problema no reside únicamente en la ausencia de una regulación eficaz de los grupos de interés, sino en la propia naturaleza del régimen. El político profesional responde ante el aparato de su partido, y este sólo necesita obtener periódicamente la ratificación electoral de los gobernados. Una vez obtenido el voto, no existe una encomienda que le obligue a cumplir sus promesas ni a responder ante quienes lo eligieron. Queda así abonado el terreno para que los grandes grupos de interés puedan mercadear con quienes ejercen el poder.


Esto ayuda a comprender una práctica inherente a la política partidista: las negociaciones a puerta cerrada entre las distintas facciones. La reciente petición de Míriam Nogueras (Junts) de negociar de este modo las medidas de vivienda no constituye una rareza, sino otro síntoma de una forma habitual de ejercer el poder a espaldas de los ciudadanos.


Cuando la política deja de estar sometida al control directo de los gobernados, la representación pública es sustituida por la negociación entre aparatos y el mercadeo de intereses.


El verdadero problema


El problema es que cualquier debate político está viciado desde su origen. Lo está porque los responsables que han de solucionar este y otros problemas no responden ante los gobernados, sino que están sometidos a sus propios intereses, a los de su partido y, allí donde existe una influencia organizada, a los de quienes puedan ejercerla.


Porque el régimen no establece una relación de representación y responsabilidad que obligue políticamente a quienes ejercen el poder a responder ante los gobernados.


Y ahora se nos presentan nuevamente las votaciones como una oportunidad para decidir. Pero no elegimos realmente nada: ratificamos unas u otras facciones y decidimos, en todo caso, qué cuota de poder tendrá cada una dentro del Estado.


El baile


La política en España es un baile de sombras porque lo que termina decidiéndose en las elecciones es, en buena medida, qué facción acapara una mayor o menor cuota de poder, dinero, instituciones y cargos dentro del Estado.


Las facciones se enfrentan, pactan, rompen sus acuerdos y vuelven a enfrentarse. Nos presentan sus diferencias y nosotros discutimos sobre ellas como si en esa disputa residiera nuestro poder político.


Creemos combatir al adversario, cuando en realidad contribuimos a sostener el escenario en el que ambos se necesitan. Cuanto más feroz es la batalla entre las trincheras, más intacto permanece el terreno sobre el que ambas se levantan.


Y precisamente, debatir sobre el baile de sombras, pero no sobre quienes lo producen, es lo que los nutre. La falsa percepción de oposición entre las sombras es lo que mantiene el mecanismo que las proyecta.


Nos enfrentamos por las jugadas, pero no decidimos quién tendrá el poder de imponerlas. Discutimos sobre el resultado, pero no controlamos al que toma la decisión. Nos indignamos por la acción o la omisión del gobernante, pero no podemos exigirle directamente responsabilidad política.


Mientras tanto, las sombras siguen cambiando sobre la pared.


Una sombra sustituye a otra. Un asunto desplaza al anterior. Una promesa reemplaza a la anterior. Y nosotros seguimos mirando.


Mientras nos centremos en las sombras y no en quienes las producen, mientras sigamos enfrentándonos por ellas sin cuestionar el mecanismo que las proyecta, el baile continuará. Y para que así sea...  ¡sigan votando!

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