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El arte de exigir sin pedir nada

hace 21 horas
4 min de lectura



Sobre las revueltas sin programa, la trampa de las urnas y el invierno que se avecina


De Mirza a su querido amigo Rustam, en Isfahán.


Después de tantas noches de fuego en Europa, ¿qué queda cuando el humo se disipa? Una multitud sin programa, un gobierno sin brújula y un invierno que se acerca. Había en el bazar de mi padre un pregonero que gritaba durante horas cada vez que estallaba una disputa. La gente escuchaba y asentía, pero cuando terminaba nadie sabía qué había pedido. «Un hombre que grita sin pedir nada —me decía mi padre— es el mejor aliado del que quiere que nada cambie».


He recordado a este pregonero al escuchar a los manifestantes. Unos piden escuelas; otros, gasolina barata. Y algunos, en Limoges, prendieron fuego a su propio ayuntamiento —el registro civil de sus abuelos— para exigir más servicios públicos. Destruyen los bienes comunes para reclamar más bienes comunes. En Barcelona, los que se llaman antifascistas han arrasado las calles, como si para combatir el fascismo hubiera que imitarlo. Si eso es antifascismo, que Alá nos proteja de los antifascistas. Caminan juntos sin compartir destino, y eso hace imposible negociar. Ante el caos, el gobierno trata a todos como violentos y empuja a los moderados hacia los radicales: el pastor torpe que asusta a todas las ovejas y las dispersa.


El primer ministro declaró que había llegado el momento de «elegir bando». En boca del responsable de proteger a los comerciantes, semejante exigencia suena a extorsión. Los vecinos de Limoges no necesitan elegir bando; necesitan que alguien proteja su ayuntamiento. No es una llamada a la paz, sino la trampa del sistema: usa el miedo al alborotador para llevar a los súbditos a las urnas y fabricar el consenso que blinda a la clase política. Se ha invertido la naturaleza del voto: un derecho político disfrazado de deber cívico. Y al confundirlos —como en España, donde se avecinan elecciones—, el ciudadano cree cumplir con su conciencia cuando en realidad refrenda las listas que los jefes de partido confeccionaron. Votar no es elegir: es refrendar. La elección de bando es una ficción: dos o tres puertas que conducen a la misma habitación cerrada.


Antonio García-Trevijano lo advirtió: «Votar es inmoral, peligroso y corrupto». Inmoral, porque respalda un sistema que no representa; peligroso, porque convierte al ciudadano en cómplice; corrupto, porque perpetúa a la clase política. Y no hablaba solo de España: el Estado de partidos domina en Europa occidental. Donde se refrendan listas, la abstención es la única respuesta que no convalida la ficción. Distinguía entre el abstencionista, que no vota por desinterés, y el abstencionario, que no vota sabiendo por qué: para condenar un procedimiento ilegítimo en su raíz. Una gran abstención no echa a los gobiernos —son lo bastante cínicos para gobernar con un cuarenta por ciento de participación—, pero les arrebata la autoridad moral. Por eso llaman incívico al que no vota: temen el silencio de las urnas más que el ruido de las calles.


Cuando el ciudadano, aterrorizado por el humo, acude a votar para «elegir bando», cree frenar el caos, pero legitima al sistema que lo provocó. El rebaño, espantado por los lobos que el propio Estado deja merodear, corre al redil del poder. Y en esas noches de miedo resucitan leyes draconianas de vigilancia y censura: herramientas diseñadas en frío y aprobadas al calor de los contenedores quemados. El bombero que se presenta a rescatar a los ciudadanos en época electoral responde al mismo amo que el pirómano que encendió la mecha.


Mi padre, que no leyó a los filósofos pero sabía medir a los hombres, decía que la peor tiranía no es la que grita, sino la que convence al pueblo de que su grito es una fiesta.


Y mientras los ciudadanos votan para elegir bando, el invierno se acerca. El gas llega ahora de Estados Unidos, más caro, y arruina la industria. Francia se desmorona bajo tres billones y medio de euros de deuda, un ciento diecinueve por ciento de su producto interior. Es lo que mi padre llamaba vender la alfombra para comprar la tetera: funciona hasta que te quedas sin alfombra. Bastiat definió al Estado como «la gran ficción mediante la cual todos intentan vivir a expensas de todos». Hoy, esa ficción ha quebrado. Si el frío aprieta, las voces que piden entrar en guerras para ocultar la ruina podrían hacerse mayoría. Los pueblos, cuando sufren, buscan culpables; los políticos, cuando no saben gobernar, buscan enemigos. Externos: Rusia. Internos: el islam. Y en el medio, inmigrantes, banqueros, Bruselas. Pero el problema no es ninguno de ellos: es una aritmética que no admite trampas, una demografía que no admite ficciones, una integración que no admite paños calientes.


Mi abuelo, que vivió la revolución de 1979, me contaba que los gobernantes de entonces también creían que las protestas se calmarían. Volvieron, sí, pero con más furia, y el sha descubrió que su trono se había vuelto hueco porque ya nadie creía en su legitimidad.


No digo que Francia vaya a tener una revolución. Pero los gobiernos que ignoran las demandas legítimas acaban enfrentando demandas ilegítimas que lo arrasan todo. El fuego se apaga, pero las cenizas permanecen. Que sobre las cenizas no crezca un nuevo poder, sino una libertad que no se agote en el voto. Mi esperanza no está en las urnas, que solo ratifican lo decidido, sino en la abstención que deslegitima y en la protesta que exige sin quemar. Que Alá nos libre de confundir la libertad con la papeleta y la protesta con el incendio. Y que, cuando el humo se disipe, crezca la verdad y no un nuevo tirano disfrazado de salvador.


«El sabio no teme a los espejos rotos, sino a quienes creen poseerlos intactos» (inspirado en Hafez).

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