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Cómo desmembrar a un gigante

hace 11 horas
8 min de lectura

Hay algo peor que ignorar a un gigante intelectual: subirse a sus hombros, apropiarse de su nombre y, desde allí arriba, ponerse a decir lo contrario de lo que enseñó. Eso es lo que estamos viendo con Antonio García-Trevijano.

 

No estamos ante simples discrepancias intelectuales ni ante meras distorsiones o reinterpretaciones «desde cero» de su pensamiento. Discrepar de Trevijano es perfectamente legítimo. Lo que resulta intelectualmente miserable es utilizar su autoridad como trampolín personal o para construir nuevas doctrinas que desnaturalizan precisamente aquellas ideas que se pretenden esgrimir.

 

El mecanismo es elemental y al mismo tiempo obsceno: se toma el prestigio de Trevijano, se seleccionan unas cuantas palabras de su vocabulario, se prescinde de la arquitectura conceptual que las relacionaba, se añade una buena dosis de interpretación personal y, finalmente, con despliegue de redes y uso de la tecnología, se anuncia al público que ahora sí hemos descubierto lo que «realmente» quería decir el maestro. El muerto, naturalmente, no puede contestar.

 

El fenómeno más pintoresco de esta degradación no son siquiera quienes se aúpan a los hombros del gigante. Son sus fans. El fan político es una criatura singular: no sigue una doctrina; sigue a una persona que habla de su interpretación de una doctrina. Y encima asegura que hay que darle las gracias por una difusión distorsionada que llega hasta la trivialización. Dar las gracias a Luis Cobos por llegar a conocer a Mozart.

 

No lee: consume. No contrasta: comparte. No estudia los conceptos: reconoce las palabras que le gustan. Y cuando encuentra un vídeo de apenas unos minutos en el que alguien pronuncia veinte veces «partidocracia», «Trevijano» o «libertad política colectiva» siente que acaba de recibir un doctorado en ciencia política.

 

El fenómeno tiene además una característica particularmente peligrosa: el fan termina confundiendo la lealtad a las ideas con la fidelidad al moderno telepredicador (hoy youtuber) que habla sobre el maestro. Así nace una curiosa cadena de autoridad: Trevijano → intérprete → canal de YouTube → fan. Y en el último eslabón ya nadie sabe qué dijo Trevijano. Pero todos saben lo que dijo el vídeo de ayer. El fan no necesita comprobar si la interpretación coincide con la obra. Le basta con que el intérprete se presente como quien verdaderamente ha entendido a Trevijano. La etiqueta sustituye al razonamiento. La audiencia sustituye al argumento. El algoritmo sustituye al maestro. Y el número de suscriptores empieza a funcionar como una especie de sufragio intelectual.

 

Pero llega un momento en que inevitablemente la impostura deja de ser simplemente ridícula y se convierte en una contradicción política de primer orden. Por ejemplo, cuando bajo el título de conceptos esenciales del pensamiento del autor se convocan simposios con personajes de todo pelaje ideológico que nada tienen que ver con el concepto que los aglutina. O cuando se propone presentarse a las elecciones de la propia partidocracia con un partido que —se nos dice— «no será estatal» porque rechazará las subvenciones públicas. Esto ya no es una sutileza interpretativa. Es no haber entendido el problema. O peor: haberlo entendido y haber decidido maquillarlo.

 

Un partido puede financiarse con cuotas, donaciones privadas, rifas, colectas, crowdfunding o vendiendo estampitas de Trevijano y seguirá siendo un partido integrado en el sistema estatal de partidos si participa en el mecanismo de representación diseñado por el propio Estado. No solo el dinero público determina la naturaleza del instrumento —que también—. Lo más importante es el procedimiento político en que se inserta.

 

Pretender que un partido deja de ser estatal solo y únicamente porque renuncia a una subvención es tan absurdo como sostener que una empresa deja de ser estatal porque rechaza la ayuda pública. Se ha confundido la financiación estatal con la integración institucional en el Estado, que también (pero no solo) presupone aquella. Y esa confusión no es pequeña. Es devastadora.

 

La clave está en comprender qué significa que un partido forme parte del sistema proporcional. El sistema de representación proporcional no es un detalle administrativo que pueda limpiarse de financiación pública y convertirse mágicamente en otra cosa. Es una pieza fundamental del mecanismo partidocrático.

 

Los partidos concurren a unas elecciones configuradas por el Estado, bajo una legislación electoral establecida por el Estado, para ocupar órganos del Estado mediante un sistema de listas que convierte el voto en cuotas de poder partidista. ¿Y alguien pretende resolver la contradicción diciendo: «Pero nuestro partido no cobrará subvenciones»? Por favor. Eso no es una solución. Es ponerle una pegatina de independencia a una pieza que continúa encajada exactamente en la maquinaria que se pretende combatir. Pero eso sí, como no cobra subvención, ahora resulta que ha dejado de ser estatal. Es una pirueta conceptual de feria. Y lo verdaderamente preocupante es que haya personas que la acepten con entusiasmo simplemente porque se la ha explicado alguien delante de una cámara.

 

La misma lógica aparece cuando se levantan organizaciones paralelas al MCRC, el instrumento para la acción creado por Trevijano, para luego pedir, contradictoriamente, la unidad de los repúblicos.


Porque el MCRC no apareció por generación espontánea. Fue creado por García-Trevijano como instrumento político de su proyecto. Quien considere que ese instrumento era incorrecto tiene toda la libertad para construir otro. Pero entonces, que tenga la decencia de decir: «He decidido apartarme de Trevijano en este punto y construir otra cosa». Lo que resulta inaceptable es crear una estructura diferente y después envolverla en la bandera del maestro para beneficiarse de una legitimidad que pertenece precisamente a aquello que se está sustituyendo. Eso no es continuidad. Es suplantación intelectual. El pensamiento se transforma así en contenido de redes.

 

Existe también otra modalidad de apropiación más sofisticada: la del intérprete que anuncia que ha realizado un profundo «estudio» de Trevijano y, después de una considerable excavación hermenéutica, descubre que Trevijano realmente quería decir otra cosa o que su pensamiento tenía «fallos». La ventaja de esta operación es que su envoltorio académico le proporciona una apariencia de respetabilidad. Ya no se dice: «Yo pienso esto». Se dice: «Un análisis riguroso desde cero de la obra permite concluir que Trevijano, en realidad...». Y ahí empieza la magia.

 

La hipótesis del estudioso se transforma en doctrina. Y, finalmente, aparece un Trevijano corregido por sus intérpretes. Es un fenómeno extraordinario: el maestro se convierte en alumno de quienes llegaron después. Trevijano pasa a necesitar que le expliquen lo que él quiso decir. Y, por supuesto, casualmente aquello que quiso decir coincide con las necesidades estratégicas de quienes hoy hablan en su nombre. ¡Qué conveniente! Tanto que las dos formas de tergiversación, la vulgar y la academicista, están destinadas a confluir en estrategias, actos y congresos.

 

Nadie está obligado a aceptar sus tesis. Se puede discrepar de ellas. Se puede combatirlas. Se puede construir una teoría alternativa. Se puede fundar un partido. Se puede acudir a las elecciones. Se pueden defender la partitocracia y la monarquía. Se puede incluso sostener que Trevijano estaba equivocado en algo o en todo. Todo eso es parte del debate público. Lo que resulta intelectualmente fraudulento es querer conservar simultáneamente dos cosas incompatibles: el rigor y la coherencia intelectual de Trevijano y la libertad de hacer lo contrario. Si se abandona el camino, se abandona. Pero no se puede abandonar el camino y continuar sosteniendo el cartel de Trevijano como si se siguiera caminando por él.

 

Y volvemos al fan. Porque quizá el problema último no sean siquiera los youtubers ni los pseudodocentes. Un maestro intelectual exige demasiado. Obliga a leer. Obliga a pensar. Obliga a distinguir. El youtuber, en cambio, ofrece una experiencia mucho más cómoda. Explica quiénes son «los nuestros» y quiénes son «los otros». Resume la doctrina en una hora. Proporciona enemigos. Proporciona consignas. Proporciona una comunidad. Y, sobre todo, proporciona la gratificante sensación de pertenecer a quienes «han entendido» lo que los demás ignoran. El fan no quiere enfrentarse a la complejidad de Trevijano. Quiere sentirse su seguidor.

 

Trevijano no necesita que nadie le fabrique una posteridad. Y, sobre todo, no necesita que se le atribuyan ideas que pertenecen exclusivamente a quienes hoy tienen interés en atribuírselas. Quienes quieran construir un partido, que lo construyan. Quienes quieran presentarse a las elecciones, que se presenten. Quienes quieran aceptar subvenciones, que las acepten. Quienes quieran rechazarlas, que las rechacen. Quienes quieran fundar asociaciones, que las funden. Quienes quieran reinterpretar a Trevijano, que lo hagan. Pero que tengan el coraje elemental de firmar sus propias ideas. Porque utilizar a Trevijano para legitimar lo que Trevijano combatió no es honrarlo; es prostituir su legado.

 

La historia está llena de hombres pequeños que necesitaron subirse a los hombros de gigantes para parecer altos. Pero hay una diferencia entre mirar más lejos gracias al gigante y utilizarlo como pedestal. Los primeros continúan su obra. Los segundos la saquean. Y a estos conviene quitarles cuanto antes el disfraz de discípulos. Porque Trevijano podrá ser discutido, criticado e incluso rechazado. Lo que no debería permitirse intelectualmente es algo mucho más bajo: que después de muerto lo conviertan en ventrílocuo de sus propias ambiciones. Y para ello nada mejor que dos sofismas:

 

1. «HAY QUE ADAPTAR A TREVIJANO A LOS NUEVOS TIEMPOS». Esta es la coartada favorita del revisionismo. Todo puede cambiar porque «los tiempos han cambiado». ¡Y naturalmente que han cambiado! Han cambiado las tecnologías, los medios de comunicación, las costumbres y las circunstancias históricas. Pero de ahí no se deduce que hayan desaparecido las categorías políticas fundamentales. Si una teoría denuncia una estructura determinada, no basta con anunciar que vivimos en el siglo XXI para demostrar que aquella estructura ha dejado de existir. Y, sobre todo, adaptar una teoría no significa invertir sus conclusiones. Si para «actualizar» a Trevijano hay que convertir en aceptable precisamente aquello que él consideraba incompatible con la libertad política, entonces ya no estamos actualizando a Trevijano; estamos utilizando a Trevijano como reclamo.

 

2. «YO NO LO CORRIJO; LO DESARROLLO». La frase parece humilde hasta que uno observa el resultado. Si el supuesto «desarrollo» conduce a conclusiones que contradicen principios expresamente sostenidos por el autor, habrá que explicar por qué seguimos llamándolo desarrollo. Porque hay un punto a partir del cual «desarrollar» significa sencillamente sustituir. Si Trevijano sostiene A y el nuevo intérprete concluye no-A, no basta con colocar entre ambos una montaña de notas, referencias y jerga académica para convertir la contradicción en continuidad. No todo lo que viene cronológicamente después de una teoría es desarrollo de esa teoría. A veces es simplemente otra teoría. Y no hay absolutamente nada malo en ello. Lo malo es ocultarlo.


El legado intelectual y político de Trevijano exige algo mucho más difícil que abrir una asociación distinta a la fundada por él para luego reclamar unidad, registrar unas siglas fracasadas pero con prestigio histórico, administrar un canal o conseguir seguidores virtuales. Exige rigor intelectual, honestidad personal y homogeneidad entre los principios y los medios. Si se denuncia la partidocracia, hay que preguntarse si el instrumento elegido reproduce la lógica partidocrática. Si se denuncia la representación proporcional de listas de partido, hay que preguntarse qué significa que quien dice seguir a Trevijano se presente precisamente en esas listas. Si se denuncia la apropiación estatal de la representación política, hay que preguntarse qué significa solicitar una cuota de representación dentro de ese mismo mecanismo.


Y si se invoca a Trevijano para justificar todo ello, hay que responder a una pregunta todavía más elemental: ¿dónde dijo él que ese era el camino? No dónde podría haberse querido decir. No dónde podría reinterpretarse. No dónde encajaría mejor en nuestro proyecto actual. Sino dónde lo dijo. Porque cuando el maestro ha dejado expresamente explicada una cuestión, el primer deber del discípulo no es inventar una explicación alternativa. Es escuchar. Y cuando se decide no hacerlo, hay que tener la honradez de reconocer que se ha tomado otro camino.


El enemigo no necesita robarnos la bandera, puede bastarle con hacerla irreconocible. Esa es la advertencia que deberían extraer quienes contemplan con ligereza la proliferación de organizaciones paralelas, interpretaciones enfrentadas y líderes de audiencia que compiten por presentarse como los auténticos depositarios del legado. Porque quizá la pregunta decisiva no sea: «¿quién es el verdadero heredero del pensamiento y de la acción de Trevijano?». La pregunta correcta es: «¿quién está haciendo hoy lo que sus principios exigen, aunque hacerlo le cueste popularidad, seguidores, cargos, subvenciones, audiencia o reconocimiento?».


Ahí desaparece el fan. Ahí desaparece el youtuber. Ahí desaparece la marca. Ahí desaparece el que quiere reinterpretar desde cero. Porque un gigante intelectual y político no necesita una corte de admiradores. Necesita personas capaces de comprenderlo y, sobre todo, capaces de no traicionarlo cuando su pensamiento deja de ser cómodo.


No permitamos que el gigante sea descuartizado por enanos para que cada uno pueda llevarse un pedazo a su pequeño reino.

1 comentario


heliodororm
heliodororm
hace 2 horas

Maravilloso, Pedro. Que tome nota Gisbert.

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