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Cartas de un persa en la Europa que se desmorona

hace 9 horas
6 min de lectura

Correspondencia de Usbek con sus amigos de Isfahán y Qom sobre las ruinas morales de Occidente



Estimado lector:

'Cartas persas' se publica en la revista del MCRC Diario de la República Constitucional, fundada por Antonio García-Trevijano, arquitecto de la teoría pura de la democracia. Inspirada en Montesquieu ―cuya separación de poderes Trevijano llamó «alma de la libertad»―, esta columna presenta a un sheij iraní que observa Occidente con ironía coránica y rigor constitucional. Sus cartas, herederas del espíritu crítico de ambos pensadores, desvelan las falsas democracias donde el poder se disfraza de ley.


Carta I: El espejismo de las urnas y la virtud del repudio


De cómo los mandarines occidentales desprecian a su pueblo para salvar la democracia, mientras el oso oriental bosteza ante los drones


De Usbek a su amigo Rustam, en Isfahán.


Bien advertía el sabio Ibn Jaldún, en su inmortal Muqaddima, que las dinastías, al llegar a su fase de decrepitud, pierden la asabiyya: ese vínculo sagrado que une al soberano con su pueblo y que es, en realidad, la única muralla que no se derriba con arietes. Al observar las recientes convulsiones electorales en las frías tierras de los germanos, no puedo sino confirmar que los dirigentes occidentales han entrado en esa fase terminal en la que el gobernante, incapaz de gobernar la realidad, decide sencillamente abolirla.


He presenciado aquí un espectáculo fascinante: las élites de este continente, ufanas de su superioridad moral, asisten atónitas al repudio de sus propios súbditos y, en lugar de enmendar el rumbo, concluyen que el error no reside en sus políticas, sino en el pueblo mismo. En los antiguos territorios de la Alemania Oriental —Sajonia-Anhalt, Mecklemburgo-Pomerania Occidental—, habitados por gentes de espíritu recio que aún conservan la memoria de las tiranías burocráticas, las urnas han dictado sentencia. Los partidos hegemónicos, como esa Unión Demócrata Cristiana cuyos clérigos ofician hoy en el altar del belicismo, han sufrido un colapso que en nuestras tierras obligaría al visir a arrojar su turbante al polvo y exiliarse en el desierto. ¿Y quién recoge el botín de esta ira cívica? Una facción populista que clama contra la desindustrialización suicida y la guerra interminable. Incluso en Berlín, esa Babilonia de la contracultura, los fantasmas del viejo partido comunista han resucitado para humillar a los patricios del sistema.


Sin embargo, querido Rustam, la reacción de los mandarines carece de la dignidad de la derrota. En lugar de escuchar el clamor de unas gentes que ven cómo sus industrias son inmoladas en el altar de una enemistad patológica con Rusia, han decretado un «cordón sanitario». ¡Qué ironía encierra este término clínico! Tratan el descontento popular como un miasma pestilente, una lepra que debe ser aislada. Al negarse a debatir con los herejes, los gobernantes no hacen sino regalarles el monopolio de la verdad proscrita. Este cordón, profundamente antidemocrático, es el sueño de cualquier disidente: crecer al calor del agravio sin sufrir el desgaste del poder, mientras los secretarios de las alianzas militares se preguntan, con ceguera contumaz, cómo ignorar este cambio de opinión pública para mantener intacta su hoja de ruta.


Mientras Occidente se asfixia en su propia hipocresía, he dirigido la mirada hacia las estepas rusas, donde también se celebraban comicios. La febril imaginación europea, intoxicada por su propia propaganda, pergeñó una estrategia tan infantil como perversa: enviar enjambres de drones contra Moscú y las refinerías el mismo día de las elecciones. Su razonamiento, digno de un hechicero de aldea, dictaba que si lograban alterar la vida cotidiana de los rusos y hacerles «sentir la guerra», estos se alzarían contra su soberano. Ignoran que la presión externa no quiebra a las naciones con arraigo, sino que las funde en un solo bloque de bronce. Los ataques fracasaron, no solo en lo militar, sino en su ridícula premisa psicológica: la vida en Rusia prosigue con una normalidad pasmosa, el nivel de vida asciende, y las urnas, lejos de reflejar fractura alguna, blindaron la autoridad de su gobierno. En Occidente, por supuesto, esto es anatema; decretan que las elecciones orientales son una farsa porque su orgullo herido no les permite admitir que las sanciones han sido un bumerán y que el pueblo ruso concibe este conflicto como una amenaza existencial, no como una aventura imperial.


Así perecen los imperios, amigo mío: no siempre bajo el filo de las espadas bárbaras, sino ahogados en el onanismo intelectual de unos líderes que, tapándose los ojos con las manos, decretan que el sol ha dejado de brillar. Que Alá nos preserve de semejante ceguera.


Carta II: Los tambores de los eunucos y el arte de la falsa guerra


Sobre la histeria bélica de una Europa desarmada, los aristócratas de salón y su ceguera ante el lodo del frente oriental


De Usbek a su reverenciado maestro Mirza, en Qom.


Hace siglos, los poetas persas nos enseñaron que el valor del hombre se demuestra en el campo de batalla, con el sable en la mano y el polvo del desierto en los pulmones. Hoy, en los palacios acristalados de Europa, he descubierto una nueva forma de valor: la de los aristócratas de salón que exigen sangre ajena mientras ajustan el nudo de sus corbatas de seda. El continente ha entrado en una fase de histeria clínica, un pánico mal disimulado ante el inminente colapso de su narrativa bélica en las llanuras de Ucrania.


Las noticias del frente llegan como cuervos de mal agüero. La guerra, que hasta ahora se libraba como una interminable sucesión de asedios entre las ruinas industriales del Donbás, está cambiando de forma. La línea fortificada de Sloviansk y Kramatorsk cruje por sus flancos. Pequeñas localidades como Dobropilia, de las que depende el futuro estratégico de toda una región, se tambalean. Cuando este último bastión ceda, ya no habrá fortificaciones donde esconderse; solo campos abiertos donde la guerra de maniobras dictará una sentencia rápida y brutal. La gran baza territorial que Occidente creía poseer se desvanece en el fango, y con ella, la esperanza de forzar al oso ruso a claudicar.


Ante esta realidad implacable, uno esperaría que los líderes occidentales abrazaran la noble y antigua ciencia de la diplomacia. Pero el miedo a admitir que han llevado a sus naciones al borde del abismo —con la energía encarecida, la industria marchita y los grifos del petróleo saudí amenazando con cerrarse en pleno invierno— les empuja hacia la huida hacia adelante. Se niegan a retroceder porque hacerlo implicaría confesar treinta años de provocaciones y errores estratégicos.


He escuchado a personajes estrafalarios, como un político británico que pontifica desde su sillón, engalanado como un pavo real del siglo XIX, afirmando que los ciudadanos deberían ser castigados si no abrazan con entusiasmo la perspectiva de una guerra contra Rusia. ¡Qué estampa tan grotesca! Un hombre que jamás sostendría un fusil, exigiendo el martirio de las clases trabajadoras. Y no es el único. El presidente de los francos, con la petulancia típica de quien confunde la retórica con la artillería, sugiere enviar tropas europeas al avispero, afirmando que los rusos «no tienen derecho» a oponerse.


Hablan de «controlar la escalada», venerable Mirza, como si la guerra contra una potencia nuclear fuera un corcel domesticado al que pueden refrenar tirando de las riendas a voluntad. Creen, en su infinita arrogancia, que pueden intervenir en las batallas, bombardear desde la comodidad de sus cielos protegidos y luego imponer un alto el fuego justo antes de que el fuego llegue a sus propias ciudades. Ignoran que cuando se desata la cólera de la guerra, las leyes de los parlamentos quedan abolidas por la ley de la pólvora.


Como bien señaló aquel sagaz florentino, los hombres suelen contemplar el mundo no como verdaderamente es, sino como desearían que fuese; y es en esa brecha entre la ilusión y la realidad donde labran su propia perdición. Europa carece de la fuerza militar para sostener sus amenazas, carece de la cohesión interna para soportar los rigores de un invierno sin recursos y, sobre todo, carece del valor moral para mirar a los ojos a la bestia que ha engordado con sus propias provocaciones. Mientras los tambores de guerra son percutidos por eunucos que jamás pisarán el frente, la verdadera diplomacia yace arrinconada, esperando que la realidad termine de destrozar los decorados de este teatro.


Ruego a Alá, clemente y misericordioso, que la cordura regrese a estas mentes trastornadas antes de que las nieves del invierno se tiñan del color que estos imprudentes invocan con tanta ligereza. Queda en paz.


«El sabio no teme a los espejos rotos, sino a quienes creen poseerlos intactos» (inspirado en Hafez).

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