Apuntes sobre la bióloga Lynn Margulis (VIII)

El saber convencional de los geólogos afirmaba que la vida era una pasajera de la Tierra. Ésta era vista como una bola de roca muerta, con una fina mancha de vida en la superficie que tenía poca o ninguna influencia en cómo era la composición de la superficie. Los geólogos responsables de los diferentes departamentos —geología, meteorología y química— apenas se comunicaban entre sí. Tenían una visión reduccionista y fragmentada de la Tierra.
La noción de Gaia es bastante diferente. Concibe la evolución de la vida y la evolución del planeta no como dos procesos separados, sino como un único proceso íntimamente acoplado. Las rocas, la atmósfera y la biota están estrechamente relacionadas e interactúan como sistema.
Desde el punto de vista astronómico, es difícil creer que la temperatura de la Tierra se mantenga constante por accidente. Es preferible creer que existe un sistema activo regulador de la temperatura. Cuando miramos a nuestro alrededor, vemos que es la suma de los organismos y de sus actividades la que tiene el potencial de regular la temperatura.
En la década de los 60, James Lovelock ideó la hipótesis Gaia. Intuía que Gaia existía y que debía funcionar, pero no podía explicar cómo. En 1971, Lynn buscaba a un especialista en el oxígeno de la atmósfera. Se preguntaba cómo había llegado hasta allí y qué papel jugaba. Juntos podrían explicar cómo había podido suceder.
La mayoría de los científicos tendían a ver las bacterias como algo propio de un laboratorio de patología. No creían que tuvieran nada que ver con ellos. Pero hay algo más que química en la superficie del planeta. Ese algo resulta ser vida. Esa es la idea básica. Las bacterias hacen funcionar el sistema de Gaia.
El encuentro entre James Lovelock, la mente más original e independiente del mundo científico, y Lynn Margulis, la radical científica que más sabía sobre microorganismos, fructificó en un extraordinario arrebato de creatividad.
«La creatividad y la imaginación son fundamentales para la innovación científica, ya que permiten a los científicos pensar más allá de los límites establecidos por el paradigma» (Thomas Kuhn).
De esta fusión interdisciplinaria surgieron muchas ideas extraordinarias sobre las formas en que la vida podría estar implicada en la regulación del metano y del oxígeno en la atmósfera, y sobre cómo la vida bacteriana está entrelazada con los llamados ciclos biogeoquímicos que sustentan la vida. La profundidad de los conocimientos de biología de Lynn y el razonamiento físico, químico y casi filosófico de James permitieron encontrar los mecanismos y enseñarlos. De no ser por la vida, el dióxido de carbono de la atmósfera sería tan alto que estaríamos fritos. La vida lo reduce continuamente: bombea dióxido de carbono para enfriar el planeta. Las nubes son producidas por las algas del océano. La Tierra se autorregula. El aire de nuestro planeta no es solo un entorno para la vida, es parte de la vida misma.
«La biosfera es una entidad con una unidad propia, un inmenso sistema vivo e integrado, un organismo» (Lewis Thomas).
El nombre de Gaia fue sugerido por el escritor William Golding a James Lovelock.
Presentaba a la Tierra como una unidad orgánica viva. Sus connotaciones mitológicas pusieron en su contra a muchos científicos puristas, que intentaban purgar cualquier noción nueva que se alejara de sus teorías. Nunca leyeron los artículos sobre Gaia, simplemente se los ocultaron a sus estudiantes. Las críticas neodarwinistas sostenían que Gaia era una religión malvada y que Lynn Margulis era Atila, la huna.
El significado de Gaia es que la Tierra es un sistema fisiológico, una construcción biológica hecha de ecosistemas y comunidades celulares vivas. Surgimos como resultado de los procesos y transformaciones de estas comunidades de células cognitivas y simbiontes que forman nuestro cuerpo. Ser parte de ese sistema es nuestra condición. No podemos evitarlo, formamos parte de él. Tenemos sensibilidad. Gaia es la entidad sensible.
La teoría de Gaia ofrece un hábitat intelectual en el que la comprensión de la Tierra puede evolucionar y crecer. Por primera vez, la Tierra es concebida como un planeta vivo y pensante.
A través de nuestra inteligencia y nuestra comunicación, en cierto modo, somos el sistema nervioso del planeta. Con lo que sabemos, deberíamos procurar ser el corazón y la mente de la Tierra, no su enfermedad. Somos solo un paso en la evolución.
«La supervivencia de las especies depende de la lealtad humana a las condiciones vitales de la Naturaleza que las hicieron nacer y crecer» (Antonio García-Trevijano).
Hoy, la visión de Lynn está más viva que nunca. La civilización humana ha recargado la atmósfera de gases de efecto invernadero (GEI), alterando sin control los ciclos del agua y de los nutrientes. Pase lo que pase, Gaia sobrevivirá. Algunos microorganismos resistirán todo lo que caiga, reorganizarán todo, durante el tiempo que sea necesario, para volver a repoblar la Tierra. Lo que probablemente cambiará serán las condiciones idóneas para que el ser humano pueda habitarla.
«Gaia es simplemente la simbiosis vista desde el espacio» (Greg Hinkle).
«El conocimiento es como una esfera, cuanto más grande se hace, más llega a la superficie, límite de lo desconocido» (Pascal).
Gran parte de la evolución permanece en un inspirador misterio. Lo desconocido siempre está ahí. Al crecer el conocimiento, también lo hace lo desconocido.
«La naturaleza sigue siendo una extraña
Los que más la nombran
No han pasado por su casa encantada
Ni entendido su misterio
El pesar de quienes no la conocen
Se compensa con el lamento de quienes la conocen
Saben menos de ella cuanto más cerca están»
(Emily Dickinson).
_edited_edi.png)
Comentarios