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Abstenerse

hace 8 horas
2 min de lectura

Votar es un derecho político: una facultad que pertenece al ciudadano y que puede ejercer o no ejercer. No es, por tanto, un deber cívico. La vida común exige responsabilidades como por ejemplo respetar la ley y responder por los propios actos, pero ninguna de ellas obliga a entregar el voto a una candidatura ni a participar en un procedimiento electoral cuyas reglas se rechazan.


Confundir derecho y deber sirve para convertir la participación en obediencia. Se presenta la papeleta como prueba de civismo y la abstención como indiferencia o irresponsabilidad. Pero el ciudadano no demuestra su compromiso político por el mero hecho de depositar un voto. También puede ejercerlo denunciando que las opciones ofrecidas no expresan su voluntad, que el régimen de poder establecido excluye su capacidad de control o que los comicios se reducen a escoger entre alternativas ya fijadas.


Ahora bien, no toda abstención significa lo mismo. La abstención pasiva es ausencia sin propósito político definido: desinterés, cansancio, comodidad o resignación. No formula una crítica reconocible; deja que otros decidan y permite que la ausencia sea interpretada de cualquier modo.


La abstención activa, en cambio, es una decisión consciente y pública. Quien la practica no renuncia a la política, rechaza que su participación quede reducida a validar una oferta que considera ilegítima. Explica sus razones, organiza el debate y reclama cambios concretos. Su mensaje no es «nada me importa», sino «no otorgo mi consentimiento en estas condiciones». Por indistinguible en su cuantificación, tiene la ventaja de que capitaliza a su vez la abstención pasiva.


La abstención activa tiene sus antecedentes en el anarquismo, que rechaza las elecciones porque no reconoce en el Estado ni en la representación política vías para la emancipación. Pero la abstención activa republicana, y dentro de esta la de los repúblicos como su vanguardia del pensamiento y la acción, parte de una premisa distinta: no renuncia a la democracia ni al voto, sino que los reclama. En una monarquía de partidos, abstenerse es la única forma posible de negar legitimidad a unos comicios que no permiten elegir y controlar el poder político, y de exigir que el voto pueda ejercerse en una democracia formal.


Para que esa negativa tenga fuerza, debe hacerse visible. Una abstención silenciosa puede confundirse con apatía; una abstención argumentada puede convertirse en crítica y propuesta. Requiere informar, deliberar y sostener la acción cívica antes y después de la jornada electoral. La abstención activa no consiste en retirarse de la vida pública, sino en intervenir de otra manera. 

 

Nadie debería ser obligado a votar para ser considerado un ciudadano responsable. El compromiso cívico no se mide por la presencia ante una urna, sino por la disposición a defender la libertad política y exigir instituciones que permitan a los ciudadanos decidir y controlar a sus representantes. Abstenerse activamente materializa ese compromiso, ya que la negativa es razonada, pública y acompañada de acción.


La cuestión, por tanto, no es si abstenerse es eficaz. Es si el ciudadano conserva la libertad de juzgar el procedimiento y de expresar su rechazo sin que se le acuse de desertar de sus deberes. Un derecho deja de serlo cuando se convierte en obligación moral impuesta. Y una abstención solo adquiere significado político cuando, lejos de la indiferencia, se convierte en una exigencia de libertad y responsabilidad.

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Edorta
hace 7 horas
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Maravilloso el MCRC a través de Pedro Manuel González

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